¿Conoces a
esa rebanada de pan que se acaba tirando por ser la última del paquete? ¿A esa
manzana de la tienda que desechamos por tener una mancha? ¿A esa bolsa de
basura que se arrastra, incesante y pausadamente, por las calles de tu ciudad,
sin que nadie se pare a prestarle atención, recogerla y tirarla a su debido
contenedor? ¿Sí? Así me suelo sentir yo. Día a día.
Ya es
costumbre salir de casa por la mañana disgustada, por ser consciente de lo mal
que te queda lo que llevas puesto y lo poco que puedes hacer al respecto. De
tener miedo por lo que puedan pensar los demás de ti sobre tu apariencia, tu
carácter, tus ideales. De no gustar, no agradar. De ser el centro de atención
por cualquier mala causa. De sentirte ignorada, burlada. De ser inferior a todo
el mundo. A todos.
Pero de lo
que verdaderamente tengo miedo es que un día despiertes y te des cuenta de lo
que soy realmente. De que desaparezca tu ceguera, o se disipen tus mentiras,
cosa que no sé apreciar del todo. De que me rechaces por ser consciente de lo
poco que soy, en todos los sentidos. De que vayas en busca de alguien de tu
altura, de tu talla. Y de quedarme sola, hundida… porque me he acostumbrado a
ti, a la ilusión de que todo esto sea real. De que realmente me quieres.
Ese miedo
me carcome día tras día, noche tras noche. Intento disimularlo, alejarlo de mi
mente, pero cuando vuelve, lo hace con mucha más fuerza y convicción. Me siento
inútil, por ser incapaz de darle solución, de no poder cambiar. De verdad que
lo haría, reflejaría cada deseo tuyo sobre mí si fuese posible. Pero no… no
puedo.
En el fondo
me siento egoísta por pensar así, ya que hasta ahora he tenido la oportunidad
de probar la felicidad en su mayor esplendor, saborearla, dulce, encantadora,
contigo. Pero no me puedo quitar la idea de que todo haya sido una mentira…
aunque, si es así, quiero seguir viviendo en ella. Pero la posibilidad de que
alguna vez esta mentira cese, se escape de mis límites… me mata. Ojalá pudiese
creer en ella, en ti; en mí. Ojalá supiera quererme… porque lo que más me duele
es saber que toda la culpa es mía, que quien se hace el mayor daño posible soy
yo misma. Y no sé cambiarlo, no sé mejorar. Y creo que nadie me puede ayudar…
ni siquiera tú.