sábado, 23 de febrero de 2013

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‘Te echo de menos’. Algo escueto, pero claro, y más si ha salido de los labios de alguien que tan pocas veces expresa sus sentimientos, alguien que intenta aparentar ser de piedra. Y ahí, es cuando te ilusionas. Piensas que a lo mejor le importas, sueñas con que, sorprendentemente, pueda ser cierto. Empiezas a imaginar qué podría pasar si llegara a ser verdad aquella frase simple, pero a la vez, con un sentimiento tan complejo. E increíblemente, eres feliz, por mucho que vivas en tu pequeña mentira. Porque es lo que más anhelabas, y lo sientes tan cerca que crees rozarlo con la punta de los dedos. Pero no todos los sueños se cumplen, ni todas las historias tienen un final dulce.

            De repente aparece alguien, de la nada, que empieza a robarle tiempo a tu persona tan querida, consiguiendo que emplee mucha menos atención en ser consciente de tu existencia. Y ahí es cuando toda tu ilusión se hace añicos, como un cristal cayendo en picado, rompiéndose en diminutas virutas brillantes, pero a la vez, punzantes. Y sientes cómo ese cristal hecho pedazos se habitúa dentro de ti, clavándose cada partícula diminuta en tu pecho. Y es que te das cuenta de lo ingenua que has sido.

‘Nunca serás lo suficientemente guapa, ni lista, ni delgada. No eres ni serás lo suficientemente buena para alguien tan superior como él’. Esa frase te atormenta, te destruye. Te incapacita a seguir adelante. Y es que sabes que es verdad, o por lo menos te lo acabas creyendo. Sabes que no eres nadie para competir contra esa persona maravillosa que hace feliz al ser que tanto deseas.

Envidias a la persona que es capaz de captar toda la atención de tu amado, y quieres poder odiarla. Pero en el fondo, eres incapaz; la admiras. Por saber hacerle feliz del modo en que tú no lo has hecho, por ser tan lista, tan guapa, tan delgada, cosa que tú no eres. Por estar a su lado. Por aguantar cada caricia, cada mirada, aunque no sepa valorarla de la manera en que tú lo harías. Y tu autoestima va decayendo, inexorablemente, hasta desaparecer. Y empiezas a odiar a la persona a la que antes deseabas tanto, por no quererte, por conseguir que acabes tan hundida. Por jugar contigo, con tus sentimientos. Aunque muy en el fondo te es imposible porque, curiosamente, quien te proporciona dolor es el mismo que te proporciona un sentimiento de felicidad plena. Y empiezas a detestar que la vida sea tan injusta, que te utilice como pieza de uno de sus juegos.

Necesitas ser perfecta para él, necesitas ser alguien que esté hecho a su medida. Y empiezas a obsesionarte, a volverte una enferma. No comes, haces el mayor ejercicio que puedes, pensando que así llegarás a ser alguien a sus ojos. Pero en realidad, cuando llegas a este punto, estás perdida. 

Espectros del pasado 2.


Sin quererlo ni beberlo, nunca mejor dicho, mi mente viajó en los recónditos recuerdos que anhelaban ser descubiertos y desterrados de mi cerebro, guardados bajo llave durante tantos años para no sumirme en una incontrolable locura. Allí estaba ella, igual de guapa que ahora, pero con bastantes menos años encima y un brillo de inocencia en sus ojos. Tenía ese mismo pelo negro azabache, pero sujeto a dos graciosas trenzas que bailaban al compás del movimiento de su cuello. Vestía un vestido, como aquella noche, solo que éste resplandecía con un gran lazo azul en la cadera y estaba repleto de flores de distintos tonos de azul, resaltando su mirada traviesa y humilde. Balanceándose una y otra vez en aquel columpio de un parque del que no quiero acordarme, yo la observaba, oculto tras una disposición de arbustos que se encontraban fuera del área de juego, pero que me otorgaban una total visión de aquella desdichada niña y un gran escondite para sus ojos. No la conocía, no hasta escasos minutos. Pero de una forma que no podía explicar, me abrumaba, me obligaba a permanecer allí sin dar señales de mi existencia. Y mi mente, en aquella época infantil y poco informada, volaba por encima de mi ser, como si dejase paso a mi cuerpo para que actuase solo, sin su ayuda. Pero, obviamente, no hice nada. Era incapaz, no era dueño de mi aparato locomotor. Y allí seguí, durante minutos, u horas, observándola, feliz. Hasta que algo ajeno borró la deslumbrante sonrisa de su cara.

            La muchacha, que antes tenía la vista fija hacia el cielo, la dirigió hacia la izquierda, un tanto curiosa, pero a la vez, confusa. Frenó el columpio y posó los pies en el suelo para, o eso imaginé, pensar con claridad. Agucé el oído para intentar distinguir cualquier sonido que me condujese a adivinar qué sucedía, ya que desde mi situación no lograba divisar qué se encontraba a su izquierda. Nada; ni un murmullo. Decidido y movido por la curiosidad, salí levemente de mi escondrijo, y, para mi sorpresa, se encontraba un hombre de mediana edad, vestido de traje marrón oscuro, haciendo parecer que tenía más edad. Se ocultaba ligeramente detrás de un árbol robusto, aunque tampoco era muy necesario porque no había nadie en el parque a excepción de un par de ancianos en un banco un tanto alejados de nuestra posición, la niña y el hombre. Bueno, y yo. Pero eso no lo sabían.

            La niña, con paso cansino, se encaminó hacia ese extraño señor, que la esperaba con una mirada de ésas que ponen los adultos para tranquilizar a los niños. El hombre le dijo un par de cosas que no llegué a entender porque me encontraba lejos como para distinguir qué decía, pero por su gesto, hablaba pausadamente, y deduje que serían palabras amistosas, para calmar a la niña. La muchacha seguía con la mirada llena de miedo y duda, hasta que el hombre le ofreció un caramelo, y toda ella se disipó dando lugar a una sonrisa tímida. Imaginé que el hombre debió asegurarle más caramelos o qué sé yo a la niña, porque en seguida le tomó la mano y se marcharon juntos por el sendero del parque. De repente, como por arte de magia o por obra de Dios, tomé control de mi cuerpo y me levanté de un salto para seguir a aquella niña, no sin seguir ocultándome. Creyéndome un súper espía, cosa que me resultó muy divertida debido a la edad en la que vivía, me iba camuflando entre la distinta vegetación silvestre que se hallaba en ese parque, no sin perder la vista del rumbo que tomaban mis dos objetivos. Caminaron durante no más de quince minutos, y se pararon en una especie de explanada que quedaba cerrada por unas verjas viejas y oxidadas, que daban paso a bosque. No había ni un alma vagando por aquel recóndito paraje. Me acomodé tras un abeto repleto de musgo, que hacía que no se me viese en absoluto. Y  desde allí, divisando todo acto de la pareja, se podría decir que me traumaticé. Fui víctima de observar toda clase de maltratos, golpes, humillaciones, hacia aquella pequeña e inocente cría. Fui espectador de fotografías que no debieron ser tomadas, palabras que no debieron ser dichas. No entendía muy bien qué ocurría. Y lo peor es que no fui capaz de hacer nada. Ni correr como buenamente pudiese a pedir ayuda, ni enfrentarme a aquel villano para intentar salvar a la niña. Nada. No hice nada. Y me arrepiento de ser tan inútil, tan débil. Inexorablemente, vi cómo moría esa niña en brazos de aquel ruin hombre, con un trágico final que podría haber sido evitado. Vi cómo se desvanecía su cuerpo marchito en el suelo, delicadamente, absorbiendo todo rastro de vida. Vi cómo ese cuerpo se consumía, sin alma, sin aliento, sin pena. Y vi cómo giraba la cabeza en su último suspiro, y su mirada se clavaba en la mía. Lo vi. Yo fui lo último que esa niña vio. Por lo menos mientras seguía con vida.

            Y allí me quedé durante mucho o poco tiempo. Petrificado. Sin ser realmente consciente de qué había sucedido, de dónde estaba, de quién era. Y a partir de ese momento, mi mente olvidó. Camufló todo ese recuerdo, toda esa pequeña historia para protegerme de la locura, del sentimiento de culpa, y poder seguir viviendo. Pero ahora que lo sé, también sé que no debería haber sido así. Que tendría que haber pagado por no salvarla, por haberme rebajado al nivel del hombre. Por no haber ido en busca durante todos estos años de ese asqueroso asesino.
           
            Mi mirada buscó incesantemente la mirada de la chica del local, casualmente, la misma mirada de aquella niña de años atrás. Pero no la encontré. Me volví loco, preguntando a todo el mundo en el bar, acechando cada puerta de salas privadas, cada baño, cada planta. Pero nada. Me desbordé en la primera esquina que divisé, y caí, debatido, hundido. Mi segunda oportunidad desaprovechada. No podría seguir viviendo con esta culpa… no podría.

            Levanté levemente la mirada, nublada por las lágrimas. Y pude distinguir el rastro de un vestido rojo que me resultaba muy familiar.
            Fijé la vista al frente, con la esperanza de que estuviera. Pero no estaba; había desaparecido, y con ella, mi vida. 

viernes, 8 de febrero de 2013

Espectros del pasado 1.


Dicen que cuando estás al borde de la muerte, toda tu vida transcurre en rápidas imágenes por tu mente, en cuestión de segundos. Ves pasar cada momento bueno, cada momento malo. Cada sonrisa. Cada lágrima. Sientes nostalgia, melodrama, añoranza. Pero a la vez alegría, por los logros y las metas conseguidos. Pero, ¿quién nos dice que, en un momento de nuestra vida en el que hayamos recordado ciertos pasajes, no hayamos muerto al instante y pensemos que seguimos vivos? ¿Quién me dice a mí que ahora mismo no soy un cuerpo inerte, un alma en pena vagando por un mundo paralelo en el que todo ha cambiado pero a la vez todo sigue tan igual? Yo, personalmente, me decantaría por la segunda opción. Y tengo motivos para pensarlo.

                Alcé el brazo, remangándome cansinamente la camisa a cuadros. Las dos de la mañana de un sábado un tanto peculiar, pero muy habitual. Me desplazaba en continuas eses, procurando no estamparme contra ninguna farola y manteniendo el equilibrio lo más adecuadamente posible. Mi cordura se hallaba de fiesta, escondida en alguna parte de mi cerebro, ocultándose de la oscuridad. De la realidad. En cambio, mi cuerpo permanecía allí, sufriendo los numerosos golpes ocasionados por la bebida y la desfachatez. “Mañana estaré molido”, pensó el poco tramo de cerebro que seguía presente. Pero, y qué; mi ánimo seguía molido, aun estando ebrio.
                Vagando de garito en garito, de labios en labios, de caderas en caderas, de ligas en ligas, sin que ninguna me llamase la atención sobremanera. Todas con escasa ropa, intentando ocultar complejos tras faldas excesivamente cortas y escotes extremadamente llamativos. Muchas me miraban lascivamente, deseosas de sentir el roce de mi piel como símbolo de un cariño que necesitaban sentir tras sucesivas y repetitivas decepciones. Pero amor es algo que yo nunca podré proporcionar, ni sabré recibir.
                Cuatro de la mañana de aquel terrible sábado. Penetré la entrada del último garito que me disponía investigar aquella noche, y casualmente el único al que no había acudido nunca. A primera vista, se asemejaba a los anteriores: jóvenes escudriñando con la mirada toda falda en movimiento, a la vista de la que fuese más estrecha y más corta, y chicas meneando las caderas al son de la música  proporcionando traviesas sonrisas a aquellas miradas inquisitivas, conscientes de que sus cuartos traseros y su delantera eran los protagonistas aquella noche. Aburrido, me encaminé hacia la barra, con el objetivo de pedir otra copa de las muchas ingeridas esa noche, y con la esperanza de divisar cualquier indicio de entretenimiento desde aquel punto de vista. Y, casualmente y para mi sorpresa, lo hallé: camuflada entre la ebullición de ritmos y movimientos de baile, allí se encontraba ella. Era una muchacha de pelo color negro azabache, cayéndole en cascada por la forma curvilínea de su espalda. De tez cenicienta y rasgos simétricos, mantenía una expresión demasiado calmada para un ambiente como aquel. Vestía un lujoso, pero sencillo vestido rojo pasión, que se ajustaba a su cintura dando a entender que poseía un cuerpo de escándalo. Desde luego, era una mujer de portada de revista, casi irreal. Pero no era eso lo que más destacaba. Eran… sus ojos. Su mirada penetrante, que se cruzó con la mía de una forma tan intimidante que me sorprendió hasta a mí. Y es que esa mirada no era real. No era humana. Y yo la había visto antes. 

sábado, 2 de febrero de 2013

La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin solución.


Es increíble cómo el simple, pero a la vez tan complejo fenómeno de la muerte, puede arrasar con todo. Cómo puede llevarse a alguien que sentías tan cercano, tan humano. Cómo puede desaparecer de alguien cualquier rastro de vida, de aliento, de alma. Cómo al desvanecerse un cuerpo, se desvanecen con él sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos. Sus recuerdos. Sus heridas, y no exactamente físicas. Sus logros, y no exactamente en forma de trofeos. Es increíble cómo la vida es tan efímera, y la muerte, tan invencible. También es increíble cómo le tememos tanto a la muerte y cómo a veces nos jugamos tanto la vida que la rozamos con la punta de los dedos. Es increíble cómo la marcha de alguien puede destrozar tanto a sus seres queridos que, incluso, llegan a desear haber muerto antes ellos que dicha persona, y, en cambio, sienten cómo muere su interior, poco a poco, sin pausa. Es increíble cómo necesitamos ese abrazo que antes rechazamos, ese beso que antes asqueamos, esa caricia que antes despreciamos, ese acto que antes criticamos. Y que ahora tanto arrepentimos. Es increíble lo importantes que nos sentimos vivos, pero lo innecesaria que es nuestra vida para los demás, y lo poco que marcará a la humanidad. Es increíble que nos sintamos dioses, capaces de superar cualquier meta, cualquier desafío, pero a la vez seamos tan vulnerables. Es increíble cómo logramos sentir tanto, querer tanto a alguien hasta que duela, y al acabar tu vida, todo ese sentimiento se quede tan solo en el recuerdo de alguien, o ni siquiera. Y no eres consciente de que has sufrido y luchado tanto durante tu vida para que luego, en cuestión de segundos, todo desaparezca y solo haya servido para seguir viviendo, seguir resistiendo. Muchas veces pienso que la vida solo existe para que alguien juegue con nosotros, vea cómo enloquecemos, cómo lamentamos. Cómo perdemos. Y es que, al fin y al cabo, todo el mundo pierde. Todo el mundo muere. La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin solución. 

Fearless.

No me hacía falta mirarle a los ojos para saber que eran de un cálido azul cielo, ni me hacía falta contemplar su rostro para adivinar que poseía un atractivo arrollador, de los que casi te quitan el hipo. Tampoco necesitaba conocerle para saber cómo se llamaba, qué edad tenía y cuáles eran sus sueños y metas. Y menos me urgía preguntarle en qué pensaba, porque ya lo sabía. Pero realmente, lo que no necesitaba confirmación ni verificación, era saber que ese muchacho no era para nada normal, y que afectaba y descontrolaba mi aura de una forma inexplicable e inverosímil. De modo insólito, neutralizaba mi poder, no en toda su totalidad, pero sí en gran parte.
Pero toda historia tiene un comienzo. En ésta, particularmente, no se halla uno en concreto, pero empezaremos por el que más se parece a un principio:

Segundos antes de que el deteriorado timbre se despertase, salí por la puerta de la pequeña aula a grandes zancadas, intentando alejarme lo antes posible de allí. Mientras tanto, pude percibir varios pensamientos de mis compañeros diciendo “vaya fracasada” u “ojalá se fuera para no volver”, y, por último, el de mi profesor de filosofía que exclamaba “¡se acabó la clase!”. Había soportado situaciones de ese tipo durante mi corta vida, por lo que ya prácticamente no me dañaban lo más mínimo. Son los inconvenientes de saber qué es lo que pasa por las cabezas de tus prójimos, y de que, cada vez que les rozas a la más mínima, conozcas todo su pasado, experiencias, sentimientos y demás circunstancias por las que hayan atravesado. Lo que se dice una chica normal.

Me dirigí hacia la cafetería con la mirada distraída hacia ninguna parte, con los Guns N’ Roses a todo volumen, intentando evadirme de la realidad y, aunque fuera por unos instantes, dejar de escuchar en qué piensan los demás. Porque, en momentos, podía resultar útil, pero en otros es un verdadero infierno.

Me senté en un pequeño taburete blanco al lado de la barra, y apreté el botón de pause. Una señorita de cabello rizado y oscuro me atendió, mostrando una sonrisa blanca en su totalidad y siendo amable, cosa que a mí me resultaba difícil y admiraba. Con gesto agrio pedí mi café con leche, y contemplé cómo la camarera se daba la vuelta, mostrando su uniforme verde pistacho con un delantal blanco, cogía la pequeña taza y me preparaba mi pedido. Mientras, trasladé mi mirada hacia la colosal ventana, en la que pude distinguir que un buen día acechaba. Calculé que serían las 10 de la mañana aproximadamente, y que me esperaba una buena jornada por delante.

Me sirvieron mi café y, dando las gracias más amablemente dentro de mi mal humor, volví a poner la música en marcha y tomé un sorbo de la caliente bebida.
Más relajada, salí de la cafetería, no sin antes pagar y despedirme de la agradable camarera. Giré hacia la derecha, situándome en el pasillo central del instituto para entrar al aula de física, la siguiente clase que me tocaba. Pero algo llamó mi atención.

Al fondo del pasillo, había una gran multitud haciendo una especie de círculo, en el que todos miraban hacia su centro. No se podía distinguir muy bien qué o quién era el causante de todo ese alboroto, y desde esa distancia no podía escuchar ningún pensamiento. Por lo que, decidida e intrigada, me acerqué al epicentro de los gritos.

Metros antes de la jauría, me paré en seco. Desde allí, la gente no me vería y mi existencia sería menos repulsiva, y, además, podría oír mucho mejor las cabezas de aquellos individuos sin tantos gritos retumbando en mis oídos. Y, de entre todas esas voces, susurros, ideas y reflexiones, una, tan solo una, llamó exageradamente mi atención.

Ahí estaba él, dirigiendo a cada uno de los presentes, en especial, jóvenes guapas y deslumbrantes, miradas enigmáticas e introvertidas, mostrando misterio y ciertos aires de prepotencia en sus espectaculares ojos azules. Posaba con la cabeza bien alta, como si su barbilla quisiera subir y subir, hasta límites insospechados. No me hacía falta acercarme para contemplar su infinita belleza, pero tampoco para saber que era un auténtico estúpido, en todos los ámbitos que conlleva la palabra.

Sonó el timbre, dando a saber que iba a llegar tarde a mi clase de física, por lo que, dándole poca importancia al asunto, como siempre solía hacer, salí corriendo en dirección a la puerta. Suerte la mía, la clase estaba casi vacía, así que me senté en la esquina derecha de la última fila, al lado de la ventana; mi sitio preferido, en el que pasaba la mayoría de las veces desapercibida. O por lo menos lo intentaba.

La profesora entró, no con muy buena cara, y, tras ella, una gran multitud que fue llenando todos los asientos libres. Supuse que la mayoría venían del escándalo que ha formado ese misterioso personaje, cautivador como el que más. Disipando esas ideas de mi cabeza, me concentré en la figura de la profesora, que abrió el libro y, mandando callar con estrepitosos gritos, empezó a explicar la materia. Pero segundos después, alguien llamó a la puerta, y la profesora, de muy mala gana, le ofreció pasar. Y, para mi sorpresa, entró la persona que menos imaginaría que asistiese, y la que menos quería que estuviera.

Con una cierta timidez que creí que jamás existiera en ese prepotente ser, entró con la cabeza gacha y preguntando si podía pasar. La profesora, con asombro, se dirigió hacia el nuevo alumno y, entre cortos susurros, aclaró sus dudas y le comentó a toda la clase que Erick, aquel muchacho de ojos azules, era nuevo. Aunque parece ser que la profesora era la única que no lo sabía, porque los demás habían estado presentes en el gran alboroto acaecido en los pasillos, y las chicas, entre cuchicheos y risas, comentaban la graciosa escena y solo tenían ojos para su exuberante figura. Erick, tocándose nerviosamente la nuca, rogó sentarse en algún pupitre, y la profesora le ordenó ocupar, casualmente, el que se encontraba a mi lado, que era el único que quedaba libre en toda la sala. Arrastrando los pies, caminó hacia el asiento verde, mirando al suelo. Arrastró la silla ruidosamente y se sentó, estirando los pies, mirándome y saludándome con una cálida sonrisa. Y, en ese momento, fue cuando le miré a los ojos por primera vez, y descubrí cosas que jamás pensé que pudieran existir.

Tras un trágico accidente acaecido hace pocos años, sorprendentemente, tenía el “don” de ver el aura de todas y cada una de las personas existentes en esta extraña dimensión a la que llaman mundo. Es una especie de fina línea, que rodea cada milímetro de tu cuerpo, ligera y esponjosa, como una protección a cualquier peligro acechante. Todas poseen un color característico, que varía según la energía que transmitas, cómo te encuentres, tu estado de humor… y muchos más factores secundarios. Todo el mundo tiene un aura. Pero Erick, para mi desconcierto, no estaba arropado por ninguna clase de envoltura colorida. Ni siquiera transparente. Y eso solo podía significar una cosa… que no puedo desvelar, o acabaría sepultada, degollada o quién sabe qué clase de torturas sufriría.

Acabó la clase de una forma rápida y esperanzadora, y Erick corrió hacia la salida. Seguí su estela y, velozmente, salí al pasillo, persiguiendo el camino que él había tomado hace escasos segundos. Y, buscándole con la mirada, le encontré apoyado contra las taquillas, sentado, abrazando sus rodillas y escondiendo su enmarañada cabellera castaña entre ellas. Y delante de él, observándole con mirada severa, le dije lo más horrible que podrían escuchar sus oídos sobrehumanos:
-Sé lo que eres.
Levantó la cabeza, y sus ojos poseían un gran miedo y cierta angustia. Me acongojé, pensando que le había roto por dentro, como todos estos años me han hecho a mí. Y antes de yo poder reaccionar, se levantó, me cogió de la mano y, tirando de mí, echó a correr hacia la salida del instituto, llevándome a un gran bosque. Y gracias al contacto con su fría piel, pude hallar todo su pasado, toda su historia, toda su vida. Y lo comprendí todo. Y, a pesar de saber lo que era y el daño que podía llegar a causarme, el tacto de su mano aferrando a la mía, surcando ese paraje húmedo y verde, me hizo sentir segura, como nunca antes nadie lo había conseguido. Y seguí corriendo, hallando fuerzas de donde no sabía que tenía, para que él me contase, para oírle, para escuchar a alguien que, por fin, me comprendía.