Sin quererlo ni beberlo, nunca mejor dicho, mi mente
viajó en los recónditos recuerdos que anhelaban ser descubiertos y desterrados
de mi cerebro, guardados bajo llave durante tantos años para no sumirme en una
incontrolable locura. Allí estaba ella, igual de guapa que ahora, pero con
bastantes menos años encima y un brillo de inocencia en sus ojos. Tenía ese
mismo pelo negro azabache, pero sujeto a dos graciosas trenzas que bailaban al
compás del movimiento de su cuello. Vestía un vestido, como aquella noche, solo
que éste resplandecía con un gran lazo azul en la cadera y estaba repleto de
flores de distintos tonos de azul, resaltando su mirada traviesa y humilde.
Balanceándose una y otra vez en aquel columpio de un parque del que no quiero
acordarme, yo la observaba, oculto tras una disposición de arbustos que se encontraban
fuera del área de juego, pero que me otorgaban una total visión de aquella
desdichada niña y un gran escondite para sus ojos. No la conocía, no hasta
escasos minutos. Pero de una forma que no podía explicar, me abrumaba, me
obligaba a permanecer allí sin dar señales de mi existencia. Y mi mente, en
aquella época infantil y poco informada, volaba por encima de mi ser, como si
dejase paso a mi cuerpo para que actuase solo, sin su ayuda. Pero, obviamente,
no hice nada. Era incapaz, no era dueño de mi aparato locomotor. Y allí seguí,
durante minutos, u horas, observándola, feliz. Hasta que algo ajeno borró la
deslumbrante sonrisa de su cara.
La
muchacha, que antes tenía la vista fija hacia el cielo, la dirigió hacia la
izquierda, un tanto curiosa, pero a la vez, confusa. Frenó el columpio y posó
los pies en el suelo para, o eso imaginé, pensar con claridad. Agucé el oído
para intentar distinguir cualquier sonido que me condujese a adivinar qué
sucedía, ya que desde mi situación no lograba divisar qué se encontraba a su
izquierda. Nada; ni un murmullo. Decidido y movido por la curiosidad, salí
levemente de mi escondrijo, y, para mi sorpresa, se encontraba un hombre de
mediana edad, vestido de traje marrón oscuro, haciendo parecer que tenía más
edad. Se ocultaba ligeramente detrás de un árbol robusto, aunque tampoco era
muy necesario porque no había nadie en el parque a excepción de un par de
ancianos en un banco un tanto alejados de nuestra posición, la niña y el
hombre. Bueno, y yo. Pero eso no lo sabían.
La
niña, con paso cansino, se encaminó hacia ese extraño señor, que la esperaba
con una mirada de ésas que ponen los adultos para tranquilizar a los niños. El
hombre le dijo un par de cosas que no llegué a entender porque me encontraba
lejos como para distinguir qué decía, pero por su gesto, hablaba pausadamente,
y deduje que serían palabras amistosas, para calmar a la niña. La muchacha
seguía con la mirada llena de miedo y duda, hasta que el hombre le ofreció un
caramelo, y toda ella se disipó dando lugar a una sonrisa tímida. Imaginé que
el hombre debió asegurarle más caramelos o qué sé yo a la niña, porque en
seguida le tomó la mano y se marcharon juntos por el sendero del parque. De
repente, como por arte de magia o por obra de Dios, tomé control de mi cuerpo y
me levanté de un salto para seguir a aquella niña, no sin seguir ocultándome.
Creyéndome un súper espía, cosa que me resultó muy divertida debido a la edad
en la que vivía, me iba camuflando entre la distinta vegetación silvestre que
se hallaba en ese parque, no sin perder la vista del rumbo que tomaban mis dos
objetivos. Caminaron durante no más de quince minutos, y se pararon en una
especie de explanada que quedaba cerrada por unas verjas viejas y oxidadas, que
daban paso a bosque. No había ni un alma vagando por aquel recóndito paraje. Me
acomodé tras un abeto repleto de musgo, que hacía que no se me viese en
absoluto. Y desde allí, divisando todo
acto de la pareja, se podría decir que me traumaticé. Fui víctima de observar toda
clase de maltratos, golpes, humillaciones, hacia aquella pequeña e inocente
cría. Fui espectador de fotografías que no debieron ser tomadas, palabras que
no debieron ser dichas. No entendía muy bien qué ocurría. Y lo peor es que no
fui capaz de hacer nada. Ni correr como buenamente pudiese a pedir ayuda, ni
enfrentarme a aquel villano para intentar salvar a la niña. Nada. No hice nada.
Y me arrepiento de ser tan inútil, tan débil. Inexorablemente, vi cómo moría
esa niña en brazos de aquel ruin hombre, con un trágico final que podría haber
sido evitado. Vi cómo se desvanecía su cuerpo marchito en el suelo,
delicadamente, absorbiendo todo rastro de vida. Vi cómo ese cuerpo se consumía,
sin alma, sin aliento, sin pena. Y vi cómo giraba la cabeza en su último
suspiro, y su mirada se clavaba en la mía. Lo vi. Yo fui lo último que esa niña
vio. Por lo menos mientras seguía con vida.
Y
allí me quedé durante mucho o poco tiempo. Petrificado. Sin ser realmente
consciente de qué había sucedido, de dónde estaba, de quién era. Y a partir de
ese momento, mi mente olvidó. Camufló todo ese recuerdo, toda esa pequeña
historia para protegerme de la locura, del sentimiento de culpa, y poder seguir
viviendo. Pero ahora que lo sé, también sé que no debería haber sido así. Que
tendría que haber pagado por no salvarla, por haberme rebajado al nivel del
hombre. Por no haber ido en busca durante todos estos años de ese asqueroso
asesino.
Mi
mirada buscó incesantemente la mirada de la chica del local, casualmente, la
misma mirada de aquella niña de años atrás. Pero no la encontré. Me volví loco,
preguntando a todo el mundo en el bar, acechando cada puerta de salas privadas,
cada baño, cada planta. Pero nada. Me desbordé en la primera esquina que
divisé, y caí, debatido, hundido. Mi segunda oportunidad desaprovechada. No
podría seguir viviendo con esta culpa… no podría.
Levanté
levemente la mirada, nublada por las lágrimas. Y pude distinguir el rastro de
un vestido rojo que me resultaba muy familiar.
Fijé
la vista al frente, con la esperanza de que estuviera. Pero no estaba; había
desaparecido, y con ella, mi vida.