Es
increíble cómo el simple, pero a la vez tan complejo fenómeno de la muerte,
puede arrasar con todo. Cómo puede llevarse a alguien que sentías tan cercano,
tan humano. Cómo puede desaparecer de alguien cualquier rastro de vida, de
aliento, de alma. Cómo al desvanecerse un cuerpo, se desvanecen con él sus
pensamientos, sus ideas, sus sentimientos. Sus recuerdos. Sus heridas, y no
exactamente físicas. Sus logros, y no exactamente en forma de trofeos. Es
increíble cómo la vida es tan efímera, y la muerte, tan invencible. También es
increíble cómo le tememos tanto a la muerte y cómo a veces nos jugamos tanto la
vida que la rozamos con la punta de los dedos. Es increíble cómo la marcha de
alguien puede destrozar tanto a sus seres queridos que, incluso, llegan a
desear haber muerto antes ellos que dicha persona, y, en cambio, sienten cómo
muere su interior, poco a poco, sin pausa. Es increíble cómo necesitamos ese
abrazo que antes rechazamos, ese beso que antes asqueamos, esa caricia que
antes despreciamos, ese acto que antes criticamos. Y que ahora tanto arrepentimos.
Es increíble lo importantes que nos sentimos vivos, pero lo innecesaria que es
nuestra vida para los demás, y lo poco que marcará a la humanidad. Es increíble
que nos sintamos dioses, capaces de superar cualquier meta, cualquier desafío,
pero a la vez seamos tan vulnerables. Es increíble cómo logramos sentir tanto,
querer tanto a alguien hasta que duela, y al acabar tu vida, todo ese
sentimiento se quede tan solo en el recuerdo de alguien, o ni siquiera. Y no
eres consciente de que has sufrido y luchado tanto durante tu vida para que
luego, en cuestión de segundos, todo desaparezca y solo haya servido para
seguir viviendo, seguir resistiendo. Muchas veces pienso que la vida solo
existe para que alguien juegue con nosotros, vea cómo enloquecemos, cómo
lamentamos. Cómo perdemos. Y es que, al fin y al cabo, todo el mundo pierde.
Todo el mundo muere. La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin
solución.
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