martes, 5 de noviembre de 2013

Keep breathing.

Hace tanto tiempo que no escribo que casi se me ha olvidado cómo se hacía. Supongo que esto tiene su causa, y es que ahora, por fin, soy feliz. Tras años buscándome a mí misma, y a pesar de que sigo sin saber absolutamente nada de mí, he encontrado a alguien que sí parece conocerme, o intentarlo. Alguien que es persona por mí, mientras yo me dedico a soñar. Alguien que me complementa. Pero la felicidad infinita no existe, sólo a plazos; siempre hay inconvenientes, piedras en el camino que dificultan tu llegada al paraíso. Malditos e insolentes obstáculos, con los que, si te obsesionas, te puedes dar por perdida. Como es mi caso.
Anhelamos lo que no tenemos, y no nos conformamos con lo que poseemos. Es por eso por lo que yo soy feliz en el presente, pero necesito asegurarme que lo seré en el futuro. Ahora la vida me sonríe, el sol ilumina mi camino, mi meta. Pero, ¿quién me dice que dentro de dos días, dos meses, dos años, la sonrisa será reemplazada por una mueca de tristeza? ¿Que tras el sol, vendrá la tormenta? ¿Quién me dice que seré tan feliz como ahora, tan dichosa? Necesito saberlo. Ya no es pura curiosidad o intriga; es necesidad. Se está convirtiendo en una obsesión, una enfermedad. Me imagino continuamente numerosas escenas en las que mi vida se desmorona, lo construido hasta ahora se resquebraja en mil pedazos, y vago sin ningún sueño, ninguna motivación con la que seguir adelante. Y me invade el pánico, no soy dueña de mis pensamientos ni de mis actos. Porque la vida ya es de por sí jodida como para ser infelices.
Lo realmente difícil de esto es asumir que para ser feliz te necesito a mi lado. Realmente lo deseo, pero algo me dice que no va a ser así, que tanta suerte no puede ser verdad. Porque alguien como yo no puede ser tan afortunada. Dentro de un período inexacto de tiempo, despertaré del mayor sueño que alguien puede vivir, de la mayor aventura que alguien puede experimentar. Y todo se desmoronará. La chica independiente de aquel entonces, la que no necesitaba a nadie, la que vivía perfectamente sin ataduras, sin sentimientos, ahora totalmente encadenada a alguien, de tal forma que si dicha cadena se deslabona, ella se rompe con ella. Dependo totalmente de este enlace. Y me preocupa mucho, porque amaba mi forma de ser, mi modo de vida aunque no fuera del todo feliz, porque sabía que no iba a haber ningún altibajo, ninguna bajada en aquella montaña rusa, que pasase lo que pasase, iba a mantenerme en aquella línea. Pero ahora me encuentro en la cima más alta de la atracción más estrambótica del mundo, y todo lo que sube, baja. Es cuestión de tiempo que ocurra la inesperada, e inevitable, bajada. Mientras tanto, no me queda otra que esperar su llegada, y disfrutar lo máximo posible esta bendición. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Mi ruina.

Siempre la misma historia, una y otra vez. Es como un círculo vicioso, un dèja vu, una canción en modo "repetición". Y parece no cesar nunca. 
No sé si soy mala persona, egoísta, envidiosa, débil, puede que una mezcla de cada adjetivo. Pero ojalá, y hay pocas cosas que haya deseado tanto en mi vida, nunca hubieses aparecido. Ni en mi vida ni en la de los que me rodean. Sólo has traído caos, desorden, problemas. Y no sé si sentirme mal por ello, padecer tal vez un poco de sentimiento de añoranza, porque en su día me proporcionaste mucha felicidad, pero ese sentimiento ha tomado un giro brusco y ahora sólo anhelo que desaparezcas. 
No sé qué ven en ti, que "seduces" a la mayoría de la gente. Te denominarán como una persona agradable, divertida. Guay. Y no me sorprende para nada; en su día lo fuiste. Pero me has llegado a provocar tanto dolor, y lo más gracioso es que ha sido de manera indirecta, que ya no puedo seguir pensando lo mismo. Y no soy capaz de asimilar que los demás sigan viéndote como yo te veía, y que yo en cambio sea invisible cuando trato de dar lo mejor de mí, incluso intento parecerme a ti. Pero, como es costumbre, es en vano; vas un paso por delante de mí, o dos, o cincuenta. Pero siempre por delante, como suele hacerlo todo el mundo. Y estoy harta, porque creo que merezco un mínimo más, porque estoy cansada de resignarme. Pero no puedo cambiarme básicamente porque no sé qué ser, o qué aparentar. Y es todo tan duro... porque llega un momento en el que estoy a punto de soltarlo todo, de decir que te detesto, que ojalá no estuvieses aquí. Pero sé que si lo hago acabaré sola, me dejará todo el mundo, porque eres superior; te lamerán el culo a ti. Y es que muchos lo hacen, incluso él. Pienso continuamente que sólo sigue aquí porque soy un intermediario, una pieza de su plan. El plan que más daño podría hacerme en el mundo. ¿Cuándo finalizará? ¿Cuándo ganará? ¿En cuestión de días, horas, minutos...? 
Siempre, absolutamente siempre, en estos últimos meses, cada vez que he estado mal por cualquier situación, ha sido algo relacionado a ti. En mayor o menor medida, pero tenía que ver contigo. ¿Casualidad? No lo creo. Y no entiendo por qué el karma se ceba tanto en juntarnos, con hacer que cada día te desprecie más. Y verdaderamente lo consigue. Y es que, si siempre eres culpable de todas mis caídas, ¿qué se pretende que sienta hacia ti? Sólo me hundes, me arrebatas lo que más quiero. Y yo tan sólo deseo que te desvanezcas lo más rápidamente posible. Porque, repito, puede que sea egoísta, pero llega el día en el que no me importa, porque sólo busco mi felicidad. Y la he encontrado; está en el país más lejano que puedas imaginar, en la cueva más oscura, en el acantilado más escarpado. Ve a buscarla, con una condición; no vuelvas nunca. 

martes, 27 de agosto de 2013

Dreams come slow, and they go so fast.

You see her when you close your eyes, maybe one day you'll understand why. Everything you touch, all it dies.
But you only need the light when it's burning low. Only miss the sun when it starts to snow. Only know you love her when you let her go. 
Only know you've been high when you're feeling low. Only hate the road when you're missing home. Only know you love her when you let her go. 
Staring at the ceeling in the dark, same old empty feeling in your heart. 'Cause love comes slow, and it goes so fast.
Well, you see her when you fall asleep, but never to touch and never to keep. 'Cause you loved her too much and you dive too deep.
Only know you love her when you let her go. And you let her go. 

jueves, 27 de junio de 2013

Quererse no es suficiente.

Últimamente paso por una de esas rachas en las que no sé cómo sentirme, o cómo debería hacerlo. Se mezclan sentimientos contradictorios, antítesis de ideas, que me embaucan en una terrible confusión. Y a veces doy gracias porque aparezcan canciones como ésta, olvidadas, pero de nuevo recuperadas, que me describen tan bien que parece que alguien en el pasado las escribió para mi yo del futuro. Mi yo del presente. Y que me ayudan, hacen comprenderme a mí misma, cuando a veces nadie es capaz.

"You tell me that you need me, then you go and cut me down, but wait; you tell me that you're sorry, didn't think I'd turn around, and say that i'ts too late to apologize, it's too late."
Palabras. Mucha gente tan sólo anhela escuchar lo que quiere oír, palabras que dichas por ese locutor carecen de sentido, pero para el oyente suponen un profundo sentimiento de dicha, de alegría. Pero a mí eso no me sirve; yo necesito acciones, demostraciones.

"I'd take another chance, take a fall, take a shot for you. And I need you like a heart needs a beat, but it's nothing new."
Y lo peor de todo es eso; que a pesar de todo lo ocurrido, yo siga siendo así de débil. Siga dando la cara por él, me mantenga fiel a su persona, cuando siento que debería ser todo lo contrario, porque no quiero seguir atada a nadie. Sólo me ha producido dolor. Pero, por lo que se ve, soy incapaz de desaparecer, de huir. Y créeme; lo he intentado.

"I loved you with a fire red, now it's turning blue, and you say sorry like the angel heaven let me think was you, but I'm afraid".
Lo que más me duele es que pensé que me iba a ir bien, que nunca me sucedería esto. Porque le creía diferente. Siempre he tenido miedo de entregarme a alguien, de mostrar mis sentimientos, de aparecerme tal y como soy, sin fingir, sin aparentar. Pero esta vez decidí arriesgarme... y perdí. Me autoconvencía de que lo que vivía no era una mentira, un simple sueño. Y al final mi yo más cobarde tenía razón. Tan sólo me queda aprender para la próxima, si es que hay esa continuación. 
Y es que, al final, mi gran pesadilla ha cobrado vida; no soy suficiente para nadie, quererse no es suficiente, y, a veces, cuando la confianza se desvanece, es demasiado tarde.

lunes, 10 de junio de 2013

Autodestrucción.

Muchas veces pienso que soy masoca; me gusta sufrir. En reiteradas ocasiones soy yo misma la que se produce ese sufrimiento, imaginándome las escenas que más dolor me pueden causar, y no especialmente un daño físico. Y en el fondo me siento bien, incluso completa. Y creo que he descubierto por qué.

Tiendo a imaginarme escenas horribles, mis más terribles miedos, los que me hacen estremecerme de terror, con los que puedo llegar a tener pesadillas: yo, sola, reemplazada por cualquier otra, burlada, ofendida. Y siempre aparezco como alguien débil, al que han traicionado, han abandonado. Y siempre, sin excepciones, voy derrumbándome por las esquinas, sollozando de forma imparable, como si la vida me fuese en ello. Y en un sentido figurado realmente sería así. Y en el fondo deseo que eso ocurra de verdad, para sentirme débil, inútil; aún más. Y poder encontrarme a mí misma, poder sentirme fuerte. Porque a pesar de la debilidad que equivale a ese sufrimiento, dicha experiencia me hace fuerte. Adoro sentirme así; poderosa. El poder es vencer. Y sólo soy capaz de sentirme así en esos casos hipotéticos, no en la realidad. Necesito ser fuerte, porque nadie lo es por mí. Necesito ser yo la que dirija mi vida, y no estas estúpidas ideas que rondan por mi mente. Lamentablemente, esto sólo ocurre en estas ocasiones.

Otro detalle de estas ilusas historias es que alguien acude en mi busca, a mi rescate, a sacarme de ese pozo sin fin al que llaman abatimiento. Y es un dato muy singular viniendo de mí, que detesto depender de alguien, aborrezco la idea de no ser capaz de valerme por mí misma. El caso es que me “salva”, y consigue hacerme feliz. Y es curioso cómo siempre esa persona es la misma que en un principio me abandonó, y se ha dado finalmente cuenta de que me necesita, se arrepiente de haberme hecho sufrir. Yo me siento vencedora viendo cómo intercambiamos los personajes que hace escasos minutos interpretábamos al contrario, y me siento bien, bien de haber superado ese drama, de ser yo la que ahora sujeta la victoria. Y esa persona suele ser siempre la misma en todos estos sueños. Sueles ser tú, villano y héroe en el mismo papel. Drama y romanticismo en la misma historia. Debilidad y fortaleza en la misma chica. Antítesis varias que forman una peculiar paranoia de una subnormal como soy yo.

Tan sólo me imagino estos burdos encuentros por sentirme querida, solicitada. Y la verdad es que es triste que recurra a este método para que ocurra, y encima no sea real. Necesito tener claro que me necesitan, porque yo ya tengo claro muy a mi pesar que por mi parte sí es así. Y por eso mismo me siento débil, porque querer es perder. Y perder es símbolo de debilidad. Así que necesito ser consciente de que a los demás les ocurre igual conmigo, para no sentirme tan inútil, para contrarrestar el dolor. Y, por fortuna o por desgracia, yo te quiero a ti. La pregunta es… ¿sientes tú lo mismo?



viernes, 10 de mayo de 2013

Sin música, la vida sería un error.

La música... ese gran fenómeno inmaterial, o a veces no tanto, por tener la capacidad de darnos la sensación de entendernos, de comprendernos. E incluso de apoyarnos. Un arte que te llena, te proporciona felicidad, placer, dicha. Pueden ser cuatro notas simples, sin necesidad de acordes, ni cambios de tonalidad, textura, timbre. Algo sencillo. Pero que se establece en nosotros de una forma compleja, creando sensaciones, recuerdos, ideas indescriptibles. Tanto, y a la vez tan poco. Y es que, ¿quién no es feliz con la música? Hasta el ánimo del ser más desdichado del planeta consigue aumentar aunque sea un mínimo al escuchar su canción favorita. Pañuelo para muchos, estupefaciente para otros. E incluso todo a la vez, en la misma melodía. Algo... maravilloso. Brutal. Sensacional. Creo que no hay palabras para denominarlo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Coming back.


Es cómico el hecho de que la mayoría de gente se derrumbe y eche su ánimo por la borda porque una persona desaparezca de su vida sólo sentimentalmente, y no físicamente. Me resulta muy gracioso, y más porque muchas veces es por su culpa, por eso que llaman orgullo. Que con un simple “lo siento” lo podrían solucionar, pero se arriesgan a aumentar los días sin hablarse, la distancia entre ambos, aunque sean tan sólo centímetros físicamente, pero kilómetros con respecto a su relación, sus momentos, historias, sentimientos. Me produce hasta risa que lloren en cada esquina, se arrepientan de cada hecho mal cometido, cuando con un solo “click” pueden volver a ser felices. Ojalá todo fuese tan fácil. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo. Pero no.

Recuerdo aquel día con verdadero pánico. En sí la tarde no estuvo mal, hubo risas, locuras, lo que acostumbraba a hacer cuando estaba con ella. El problema fue el final. Creo que ha sido una de las veces que más he llorado, cuando no suelo hacerlo. Echo la vista atrás, y ese momento de la despedida, en el que me salieron las lágrimas de forma instantánea, sin siquiera tener oportunidad de contenerme, me arruina. Y no cesaron hasta haber terminado el día. Caían, incesantes, como por todos los ojos de los que allí nos encontrábamos. Un final amargo de una historia verdaderamente dulce.

Te abracé todo lo que no había hecho en toda mi vida. No soy mucho de abrazos, no demuestro nada. Y de momento no me arrepiento con nadie, excepto contigo. Has sido de las personas a las que más he querido en toda mi vida, y a las que más quiero, y me destruye el pensar que no te he demostrado todo lo que habría querido y que ahora me es imposible. Me mata. Me odio por no haber sido suficientemente buena contigo, por ese tiempo que estuvimos enfadadas por una gran tontería y no supimos aprovechar. Por dejarte de lado cuando no te lo merecías. Por ser un tanto borde contigo en los últimos días que te quedaban aquí. Supongo que no quería asimilarlo, tan sólo era una ayuda para engañar a mi subconsciente. Siento tantas cosas… tú nunca me has fallado. Y recalco el nunca. Creo que eres la única persona que verdaderamente lo ha hecho. Siempre tenías las palabras, el consuelo, las frases ingeniosas para hacerme sentir bien. Y no pedías nada a cambio. Eres la persona que todo el mundo desea tener a su lado. Y me siento afortunada por ello, aunque te tuviese menos tiempo del que realmente hubiese querido.

Pero lo que verdaderamente me mata es el recuerdo de estar las dos llorando, abrazadas, mientras tú me decías: “nunca tendré una mejor amiga como tú”. Ahora seguramente la tengas. Yo, en cambio, sé que nunca conseguiré sustituirte.

Ha pasado mucho tiempo, un año y medio aproximadamente. Todo ha cambiado. Desde que te fuiste, me he sentido sola numerosas veces, desubicada, desorientada. Sin ti vinieron los problemas. Sufrí mucho, y debido a ello he cambiado. A bien, a mal, quién sabe. Sólo sé que las pérdidas te hacen recapacitar, cambiar. Es curioso cómo aunque sólo te tuviese a ti me sentía feliz, y ahora me rodeo de mucha más gente y me siento sola. Supongo que es por el hecho de que te necesitaba a mi lado. Bueno, y te necesito, aunque ya he aprendido a vivir con ello.

No sé a qué viene que pasado tanto tiempo me ponga a escribir sobre ti. Aunque, la verdad, ya es hora. Te echo de menos desde entonces, y más ahora. Antes, por lo menos, manteníamos el contacto eventualmente aunque fuese por una estúpida red social. Y me hacía feliz: me contabas tus cosas, te contaba las mías, recordábamos antiguas anécdotas, antiguas tonterías que teníamos en común. Era como volver a tenerte a mi lado. Pero ahora has desaparecido de repente, y cada vez lo haces más. Supongo que ya has conseguido desconectar, construir una nueva vida. Pero yo sigo estancada, y no creo ni quiero cambiar.

Me acuerdo absolutamente todos los días de ti, y cada día saco de nuestra caja de recuerdos un momento que creía olvidado. Y sonrío. Aunque también me entristece el hecho de pensar que no habrá nuevos. Y, bueno, no me voy a poner a enumerarlos, porque también creo que eso es una cosa personal, que me quiero guardar.

No leerás esto, pero me da igual. Necesitaba desahogarme, volver a recordar. Llorar. Me dejo muchas cosas, pero creo que es suficiente por esta vez. Te quiero. Y por lo menos sé que allí eres feliz, aceptada. Según tú eras más feliz aquí, pero creo que no. Se te ve abierta, cambiada. Y me alegro. Por lo menos una de las dos ha ido a mejor.

Y, bueno… si alguien lee esto, que se replantee el hecho de perder a alguien que en realidad está muy cerca. Pide perdón ahora que puedes… o será demasiado tarde. 

Ojalá pudiera volver al día en el que escribí esto... porque por lo menos estarías aquí.


Dicen que si una persona se aleja de tu vida, la debes dejar marchar. Es ley de vida: las personas van y vienen. Unas dejan buenos recuerdos, otras malos, y otra minoría simplemente no despierta en ti ningún sentimiento. Esto, por supuesto, no me ha pasado contigo. Es lógico... ¿Cómo no me vas a producir un sentimiento tan fuerte después de 7 años juntas? Es imposible. Y en este caso tampoco vale lo de dejarte marchar... porque te puedes ir físicamente, pero siempre estaremos juntas. Fue una promesa y lo seguirá siendo, porque una puñetera distancia no nos lo va a impedir.

Cuando digo que hemos estado juntas, es literalmente juntas, porque en todos o casi todos mis buenos recuerdos apareces tú.
Me acuerdo cuando llegaste a mi clase en 2º de primaria. Estabas apartada y muy callada, te presentaron a la clase y enseguida te viniste con nosotras. Nuestra amistad se unió mucho más en 3º y 4º, hasta tal punto de pasarnos los recreos solas y hacer mil y una gilipolleces. ¿Ejemplos? Hay muchos: cuando planeábamos mi plan para chocarme con cierta persona (no sé si sabes a quién me refiero...), cuando la avalancha con la que te estampaste, nuestros bailes... han sido muchas cosas, demasiadas como para tirarlas al traste por el simple hecho de que te vayas. Y muy importantes, créeme.


También me acuerdo de esa asquerosa mañana, por 5º de primaria, en la que me dijiste que te marchabas. Se me cayó el puñetero cielo encima. En ese momento fui muy egoísta y sólo pensé en mí, en qué iba a hacer a partir de ese momento. Porque mi vida se basaba en ti, suena muy cursi... pero es así. Fueron pasando los meses, y años, y me hice a la idea de que no te ibas a marchar. Hasta que de nuevo salió la noticia, solo que esta vez era más madura e intenté enfrentarme a la situación. O eso pensaba yo... porque más que enfrentarla, la evitaba. Intentaba no pensar en ello y disfrutar de lo que me quedaba a tu lado, para no arruinar los últimos momentos. ¿Sabes? Todavía no me hago a la idea de que te vas. Supongo que no me la haré hasta que definitivamente no estés a mi lado. Qué putada joder.

Valoro de ti absolutamente todo. Porque me encantan esos momentos a solas, en los que decimos cualquier tontería o en el que con una simple mirada nos lo decimos todo. Y es que no sé cómo coño sucede, pero me entiendes a la perfección... o por lo menos lo aparentas. Que te amo se queda corto. Hay muchas razones, la más obvia por existir, pero no dejemos atrás que eres como mi hermana, y que mientras han pasado millones de personas por mi vida, tú has sido la única que siempre se ha quedado. Y eso es dificilísimo, porque hay días que no me aguanto ni yo. Y es que siempre has estado ahí... SIEMPRE. Hasta por la más mínima rallada, por cada comedura de cabeza... por todo. Puede que no valorara en su momento todo lo que haces por mí y lo mucho que significas, pero dicen que no se echa de menos algo hasta que se pierde. Y es cierto... aunque más vale tarde que nunca, ¿no? 

Estás más que avisada: como no te conectes o no me mandes de vez en cuando un correo, voy para allá, te mato y me vengo. Porque más no puedo hacer, pero no voy a permitir que me olvides. A cambio, yo te prometo que no te voy a olvidar. Que lo eres todo coño... se puede decir más alto pero no más claro. 

Ahora me pregunto con quién voy a compartir mis gustos... porque son prácticamente iguales. Si es que nada va a ser lo mismo...
Hazme un favor anda: sé más abierta. La vida te presenta una segunda oportunidad, y sé que siempre has querido liberarte de esa timidez. Enfréntate a tus miedos ahora que puedes, conoce a gente, equivócate una y mil veces, sueña y vuelve a soñar... pero lo más importante; sé feliz. Y échame de menos cojones, porque no te imaginas cuánto te voy a extrañar y necesitar. Es incontable.
Porque cuando tú te vayas, una parte de mí se irá contigo. Y esa parte es muy grande... así que cuídala bien.

Que por si no lo sabes, estoy aquí para todo, aunque tan sólo sea por una mierda de red social. Que es difícil encontrar amigos de verdad, pero puedo afirmar y gritarlo bien alto que tú eres uno de ellos. Y que para ti soy lo que tú quieras y necesites, que te lo mereces todo.


Creo que sólo queda dar las gracias. Gracias por ser como eres, principalmente, por estar ahí... por todo, que ya está más que dicho. Y que TE AMO mi señora Potato, y que por lo que más quieras, NO LO OLVIDES, Y NO ME OLVIDES.

viernes, 26 de abril de 2013

La última de la fila.


¿Conoces a esa rebanada de pan que se acaba tirando por ser la última del paquete? ¿A esa manzana de la tienda que desechamos por tener una mancha? ¿A esa bolsa de basura que se arrastra, incesante y pausadamente, por las calles de tu ciudad, sin que nadie se pare a prestarle atención, recogerla y tirarla a su debido contenedor? ¿Sí? Así me suelo sentir yo. Día a día.

Ya es costumbre salir de casa por la mañana disgustada, por ser consciente de lo mal que te queda lo que llevas puesto y lo poco que puedes hacer al respecto. De tener miedo por lo que puedan pensar los demás de ti sobre tu apariencia, tu carácter, tus ideales. De no gustar, no agradar. De ser el centro de atención por cualquier mala causa. De sentirte ignorada, burlada. De ser inferior a todo el mundo. A todos.

Pero de lo que verdaderamente tengo miedo es que un día despiertes y te des cuenta de lo que soy realmente. De que desaparezca tu ceguera, o se disipen tus mentiras, cosa que no sé apreciar del todo. De que me rechaces por ser consciente de lo poco que soy, en todos los sentidos. De que vayas en busca de alguien de tu altura, de tu talla. Y de quedarme sola, hundida… porque me he acostumbrado a ti, a la ilusión de que todo esto sea real. De que realmente me quieres.

Ese miedo me carcome día tras día, noche tras noche. Intento disimularlo, alejarlo de mi mente, pero cuando vuelve, lo hace con mucha más fuerza y convicción. Me siento inútil, por ser incapaz de darle solución, de no poder cambiar. De verdad que lo haría, reflejaría cada deseo tuyo sobre mí si fuese posible. Pero no… no puedo.

En el fondo me siento egoísta por pensar así, ya que hasta ahora he tenido la oportunidad de probar la felicidad en su mayor esplendor, saborearla, dulce, encantadora, contigo. Pero no me puedo quitar la idea de que todo haya sido una mentira… aunque, si es así, quiero seguir viviendo en ella. Pero la posibilidad de que alguna vez esta mentira cese, se escape de mis límites… me mata. Ojalá pudiese creer en ella, en ti; en mí. Ojalá supiera quererme… porque lo que más me duele es saber que toda la culpa es mía, que quien se hace el mayor daño posible soy yo misma. Y no sé cambiarlo, no sé mejorar. Y creo que nadie me puede ayudar… ni siquiera tú. 

sábado, 23 de febrero de 2013

.


‘Te echo de menos’. Algo escueto, pero claro, y más si ha salido de los labios de alguien que tan pocas veces expresa sus sentimientos, alguien que intenta aparentar ser de piedra. Y ahí, es cuando te ilusionas. Piensas que a lo mejor le importas, sueñas con que, sorprendentemente, pueda ser cierto. Empiezas a imaginar qué podría pasar si llegara a ser verdad aquella frase simple, pero a la vez, con un sentimiento tan complejo. E increíblemente, eres feliz, por mucho que vivas en tu pequeña mentira. Porque es lo que más anhelabas, y lo sientes tan cerca que crees rozarlo con la punta de los dedos. Pero no todos los sueños se cumplen, ni todas las historias tienen un final dulce.

            De repente aparece alguien, de la nada, que empieza a robarle tiempo a tu persona tan querida, consiguiendo que emplee mucha menos atención en ser consciente de tu existencia. Y ahí es cuando toda tu ilusión se hace añicos, como un cristal cayendo en picado, rompiéndose en diminutas virutas brillantes, pero a la vez, punzantes. Y sientes cómo ese cristal hecho pedazos se habitúa dentro de ti, clavándose cada partícula diminuta en tu pecho. Y es que te das cuenta de lo ingenua que has sido.

‘Nunca serás lo suficientemente guapa, ni lista, ni delgada. No eres ni serás lo suficientemente buena para alguien tan superior como él’. Esa frase te atormenta, te destruye. Te incapacita a seguir adelante. Y es que sabes que es verdad, o por lo menos te lo acabas creyendo. Sabes que no eres nadie para competir contra esa persona maravillosa que hace feliz al ser que tanto deseas.

Envidias a la persona que es capaz de captar toda la atención de tu amado, y quieres poder odiarla. Pero en el fondo, eres incapaz; la admiras. Por saber hacerle feliz del modo en que tú no lo has hecho, por ser tan lista, tan guapa, tan delgada, cosa que tú no eres. Por estar a su lado. Por aguantar cada caricia, cada mirada, aunque no sepa valorarla de la manera en que tú lo harías. Y tu autoestima va decayendo, inexorablemente, hasta desaparecer. Y empiezas a odiar a la persona a la que antes deseabas tanto, por no quererte, por conseguir que acabes tan hundida. Por jugar contigo, con tus sentimientos. Aunque muy en el fondo te es imposible porque, curiosamente, quien te proporciona dolor es el mismo que te proporciona un sentimiento de felicidad plena. Y empiezas a detestar que la vida sea tan injusta, que te utilice como pieza de uno de sus juegos.

Necesitas ser perfecta para él, necesitas ser alguien que esté hecho a su medida. Y empiezas a obsesionarte, a volverte una enferma. No comes, haces el mayor ejercicio que puedes, pensando que así llegarás a ser alguien a sus ojos. Pero en realidad, cuando llegas a este punto, estás perdida. 

Espectros del pasado 2.


Sin quererlo ni beberlo, nunca mejor dicho, mi mente viajó en los recónditos recuerdos que anhelaban ser descubiertos y desterrados de mi cerebro, guardados bajo llave durante tantos años para no sumirme en una incontrolable locura. Allí estaba ella, igual de guapa que ahora, pero con bastantes menos años encima y un brillo de inocencia en sus ojos. Tenía ese mismo pelo negro azabache, pero sujeto a dos graciosas trenzas que bailaban al compás del movimiento de su cuello. Vestía un vestido, como aquella noche, solo que éste resplandecía con un gran lazo azul en la cadera y estaba repleto de flores de distintos tonos de azul, resaltando su mirada traviesa y humilde. Balanceándose una y otra vez en aquel columpio de un parque del que no quiero acordarme, yo la observaba, oculto tras una disposición de arbustos que se encontraban fuera del área de juego, pero que me otorgaban una total visión de aquella desdichada niña y un gran escondite para sus ojos. No la conocía, no hasta escasos minutos. Pero de una forma que no podía explicar, me abrumaba, me obligaba a permanecer allí sin dar señales de mi existencia. Y mi mente, en aquella época infantil y poco informada, volaba por encima de mi ser, como si dejase paso a mi cuerpo para que actuase solo, sin su ayuda. Pero, obviamente, no hice nada. Era incapaz, no era dueño de mi aparato locomotor. Y allí seguí, durante minutos, u horas, observándola, feliz. Hasta que algo ajeno borró la deslumbrante sonrisa de su cara.

            La muchacha, que antes tenía la vista fija hacia el cielo, la dirigió hacia la izquierda, un tanto curiosa, pero a la vez, confusa. Frenó el columpio y posó los pies en el suelo para, o eso imaginé, pensar con claridad. Agucé el oído para intentar distinguir cualquier sonido que me condujese a adivinar qué sucedía, ya que desde mi situación no lograba divisar qué se encontraba a su izquierda. Nada; ni un murmullo. Decidido y movido por la curiosidad, salí levemente de mi escondrijo, y, para mi sorpresa, se encontraba un hombre de mediana edad, vestido de traje marrón oscuro, haciendo parecer que tenía más edad. Se ocultaba ligeramente detrás de un árbol robusto, aunque tampoco era muy necesario porque no había nadie en el parque a excepción de un par de ancianos en un banco un tanto alejados de nuestra posición, la niña y el hombre. Bueno, y yo. Pero eso no lo sabían.

            La niña, con paso cansino, se encaminó hacia ese extraño señor, que la esperaba con una mirada de ésas que ponen los adultos para tranquilizar a los niños. El hombre le dijo un par de cosas que no llegué a entender porque me encontraba lejos como para distinguir qué decía, pero por su gesto, hablaba pausadamente, y deduje que serían palabras amistosas, para calmar a la niña. La muchacha seguía con la mirada llena de miedo y duda, hasta que el hombre le ofreció un caramelo, y toda ella se disipó dando lugar a una sonrisa tímida. Imaginé que el hombre debió asegurarle más caramelos o qué sé yo a la niña, porque en seguida le tomó la mano y se marcharon juntos por el sendero del parque. De repente, como por arte de magia o por obra de Dios, tomé control de mi cuerpo y me levanté de un salto para seguir a aquella niña, no sin seguir ocultándome. Creyéndome un súper espía, cosa que me resultó muy divertida debido a la edad en la que vivía, me iba camuflando entre la distinta vegetación silvestre que se hallaba en ese parque, no sin perder la vista del rumbo que tomaban mis dos objetivos. Caminaron durante no más de quince minutos, y se pararon en una especie de explanada que quedaba cerrada por unas verjas viejas y oxidadas, que daban paso a bosque. No había ni un alma vagando por aquel recóndito paraje. Me acomodé tras un abeto repleto de musgo, que hacía que no se me viese en absoluto. Y  desde allí, divisando todo acto de la pareja, se podría decir que me traumaticé. Fui víctima de observar toda clase de maltratos, golpes, humillaciones, hacia aquella pequeña e inocente cría. Fui espectador de fotografías que no debieron ser tomadas, palabras que no debieron ser dichas. No entendía muy bien qué ocurría. Y lo peor es que no fui capaz de hacer nada. Ni correr como buenamente pudiese a pedir ayuda, ni enfrentarme a aquel villano para intentar salvar a la niña. Nada. No hice nada. Y me arrepiento de ser tan inútil, tan débil. Inexorablemente, vi cómo moría esa niña en brazos de aquel ruin hombre, con un trágico final que podría haber sido evitado. Vi cómo se desvanecía su cuerpo marchito en el suelo, delicadamente, absorbiendo todo rastro de vida. Vi cómo ese cuerpo se consumía, sin alma, sin aliento, sin pena. Y vi cómo giraba la cabeza en su último suspiro, y su mirada se clavaba en la mía. Lo vi. Yo fui lo último que esa niña vio. Por lo menos mientras seguía con vida.

            Y allí me quedé durante mucho o poco tiempo. Petrificado. Sin ser realmente consciente de qué había sucedido, de dónde estaba, de quién era. Y a partir de ese momento, mi mente olvidó. Camufló todo ese recuerdo, toda esa pequeña historia para protegerme de la locura, del sentimiento de culpa, y poder seguir viviendo. Pero ahora que lo sé, también sé que no debería haber sido así. Que tendría que haber pagado por no salvarla, por haberme rebajado al nivel del hombre. Por no haber ido en busca durante todos estos años de ese asqueroso asesino.
           
            Mi mirada buscó incesantemente la mirada de la chica del local, casualmente, la misma mirada de aquella niña de años atrás. Pero no la encontré. Me volví loco, preguntando a todo el mundo en el bar, acechando cada puerta de salas privadas, cada baño, cada planta. Pero nada. Me desbordé en la primera esquina que divisé, y caí, debatido, hundido. Mi segunda oportunidad desaprovechada. No podría seguir viviendo con esta culpa… no podría.

            Levanté levemente la mirada, nublada por las lágrimas. Y pude distinguir el rastro de un vestido rojo que me resultaba muy familiar.
            Fijé la vista al frente, con la esperanza de que estuviera. Pero no estaba; había desaparecido, y con ella, mi vida. 

viernes, 8 de febrero de 2013

Espectros del pasado 1.


Dicen que cuando estás al borde de la muerte, toda tu vida transcurre en rápidas imágenes por tu mente, en cuestión de segundos. Ves pasar cada momento bueno, cada momento malo. Cada sonrisa. Cada lágrima. Sientes nostalgia, melodrama, añoranza. Pero a la vez alegría, por los logros y las metas conseguidos. Pero, ¿quién nos dice que, en un momento de nuestra vida en el que hayamos recordado ciertos pasajes, no hayamos muerto al instante y pensemos que seguimos vivos? ¿Quién me dice a mí que ahora mismo no soy un cuerpo inerte, un alma en pena vagando por un mundo paralelo en el que todo ha cambiado pero a la vez todo sigue tan igual? Yo, personalmente, me decantaría por la segunda opción. Y tengo motivos para pensarlo.

                Alcé el brazo, remangándome cansinamente la camisa a cuadros. Las dos de la mañana de un sábado un tanto peculiar, pero muy habitual. Me desplazaba en continuas eses, procurando no estamparme contra ninguna farola y manteniendo el equilibrio lo más adecuadamente posible. Mi cordura se hallaba de fiesta, escondida en alguna parte de mi cerebro, ocultándose de la oscuridad. De la realidad. En cambio, mi cuerpo permanecía allí, sufriendo los numerosos golpes ocasionados por la bebida y la desfachatez. “Mañana estaré molido”, pensó el poco tramo de cerebro que seguía presente. Pero, y qué; mi ánimo seguía molido, aun estando ebrio.
                Vagando de garito en garito, de labios en labios, de caderas en caderas, de ligas en ligas, sin que ninguna me llamase la atención sobremanera. Todas con escasa ropa, intentando ocultar complejos tras faldas excesivamente cortas y escotes extremadamente llamativos. Muchas me miraban lascivamente, deseosas de sentir el roce de mi piel como símbolo de un cariño que necesitaban sentir tras sucesivas y repetitivas decepciones. Pero amor es algo que yo nunca podré proporcionar, ni sabré recibir.
                Cuatro de la mañana de aquel terrible sábado. Penetré la entrada del último garito que me disponía investigar aquella noche, y casualmente el único al que no había acudido nunca. A primera vista, se asemejaba a los anteriores: jóvenes escudriñando con la mirada toda falda en movimiento, a la vista de la que fuese más estrecha y más corta, y chicas meneando las caderas al son de la música  proporcionando traviesas sonrisas a aquellas miradas inquisitivas, conscientes de que sus cuartos traseros y su delantera eran los protagonistas aquella noche. Aburrido, me encaminé hacia la barra, con el objetivo de pedir otra copa de las muchas ingeridas esa noche, y con la esperanza de divisar cualquier indicio de entretenimiento desde aquel punto de vista. Y, casualmente y para mi sorpresa, lo hallé: camuflada entre la ebullición de ritmos y movimientos de baile, allí se encontraba ella. Era una muchacha de pelo color negro azabache, cayéndole en cascada por la forma curvilínea de su espalda. De tez cenicienta y rasgos simétricos, mantenía una expresión demasiado calmada para un ambiente como aquel. Vestía un lujoso, pero sencillo vestido rojo pasión, que se ajustaba a su cintura dando a entender que poseía un cuerpo de escándalo. Desde luego, era una mujer de portada de revista, casi irreal. Pero no era eso lo que más destacaba. Eran… sus ojos. Su mirada penetrante, que se cruzó con la mía de una forma tan intimidante que me sorprendió hasta a mí. Y es que esa mirada no era real. No era humana. Y yo la había visto antes. 

sábado, 2 de febrero de 2013

La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin solución.


Es increíble cómo el simple, pero a la vez tan complejo fenómeno de la muerte, puede arrasar con todo. Cómo puede llevarse a alguien que sentías tan cercano, tan humano. Cómo puede desaparecer de alguien cualquier rastro de vida, de aliento, de alma. Cómo al desvanecerse un cuerpo, se desvanecen con él sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos. Sus recuerdos. Sus heridas, y no exactamente físicas. Sus logros, y no exactamente en forma de trofeos. Es increíble cómo la vida es tan efímera, y la muerte, tan invencible. También es increíble cómo le tememos tanto a la muerte y cómo a veces nos jugamos tanto la vida que la rozamos con la punta de los dedos. Es increíble cómo la marcha de alguien puede destrozar tanto a sus seres queridos que, incluso, llegan a desear haber muerto antes ellos que dicha persona, y, en cambio, sienten cómo muere su interior, poco a poco, sin pausa. Es increíble cómo necesitamos ese abrazo que antes rechazamos, ese beso que antes asqueamos, esa caricia que antes despreciamos, ese acto que antes criticamos. Y que ahora tanto arrepentimos. Es increíble lo importantes que nos sentimos vivos, pero lo innecesaria que es nuestra vida para los demás, y lo poco que marcará a la humanidad. Es increíble que nos sintamos dioses, capaces de superar cualquier meta, cualquier desafío, pero a la vez seamos tan vulnerables. Es increíble cómo logramos sentir tanto, querer tanto a alguien hasta que duela, y al acabar tu vida, todo ese sentimiento se quede tan solo en el recuerdo de alguien, o ni siquiera. Y no eres consciente de que has sufrido y luchado tanto durante tu vida para que luego, en cuestión de segundos, todo desaparezca y solo haya servido para seguir viviendo, seguir resistiendo. Muchas veces pienso que la vida solo existe para que alguien juegue con nosotros, vea cómo enloquecemos, cómo lamentamos. Cómo perdemos. Y es que, al fin y al cabo, todo el mundo pierde. Todo el mundo muere. La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin solución. 

Fearless.

No me hacía falta mirarle a los ojos para saber que eran de un cálido azul cielo, ni me hacía falta contemplar su rostro para adivinar que poseía un atractivo arrollador, de los que casi te quitan el hipo. Tampoco necesitaba conocerle para saber cómo se llamaba, qué edad tenía y cuáles eran sus sueños y metas. Y menos me urgía preguntarle en qué pensaba, porque ya lo sabía. Pero realmente, lo que no necesitaba confirmación ni verificación, era saber que ese muchacho no era para nada normal, y que afectaba y descontrolaba mi aura de una forma inexplicable e inverosímil. De modo insólito, neutralizaba mi poder, no en toda su totalidad, pero sí en gran parte.
Pero toda historia tiene un comienzo. En ésta, particularmente, no se halla uno en concreto, pero empezaremos por el que más se parece a un principio:

Segundos antes de que el deteriorado timbre se despertase, salí por la puerta de la pequeña aula a grandes zancadas, intentando alejarme lo antes posible de allí. Mientras tanto, pude percibir varios pensamientos de mis compañeros diciendo “vaya fracasada” u “ojalá se fuera para no volver”, y, por último, el de mi profesor de filosofía que exclamaba “¡se acabó la clase!”. Había soportado situaciones de ese tipo durante mi corta vida, por lo que ya prácticamente no me dañaban lo más mínimo. Son los inconvenientes de saber qué es lo que pasa por las cabezas de tus prójimos, y de que, cada vez que les rozas a la más mínima, conozcas todo su pasado, experiencias, sentimientos y demás circunstancias por las que hayan atravesado. Lo que se dice una chica normal.

Me dirigí hacia la cafetería con la mirada distraída hacia ninguna parte, con los Guns N’ Roses a todo volumen, intentando evadirme de la realidad y, aunque fuera por unos instantes, dejar de escuchar en qué piensan los demás. Porque, en momentos, podía resultar útil, pero en otros es un verdadero infierno.

Me senté en un pequeño taburete blanco al lado de la barra, y apreté el botón de pause. Una señorita de cabello rizado y oscuro me atendió, mostrando una sonrisa blanca en su totalidad y siendo amable, cosa que a mí me resultaba difícil y admiraba. Con gesto agrio pedí mi café con leche, y contemplé cómo la camarera se daba la vuelta, mostrando su uniforme verde pistacho con un delantal blanco, cogía la pequeña taza y me preparaba mi pedido. Mientras, trasladé mi mirada hacia la colosal ventana, en la que pude distinguir que un buen día acechaba. Calculé que serían las 10 de la mañana aproximadamente, y que me esperaba una buena jornada por delante.

Me sirvieron mi café y, dando las gracias más amablemente dentro de mi mal humor, volví a poner la música en marcha y tomé un sorbo de la caliente bebida.
Más relajada, salí de la cafetería, no sin antes pagar y despedirme de la agradable camarera. Giré hacia la derecha, situándome en el pasillo central del instituto para entrar al aula de física, la siguiente clase que me tocaba. Pero algo llamó mi atención.

Al fondo del pasillo, había una gran multitud haciendo una especie de círculo, en el que todos miraban hacia su centro. No se podía distinguir muy bien qué o quién era el causante de todo ese alboroto, y desde esa distancia no podía escuchar ningún pensamiento. Por lo que, decidida e intrigada, me acerqué al epicentro de los gritos.

Metros antes de la jauría, me paré en seco. Desde allí, la gente no me vería y mi existencia sería menos repulsiva, y, además, podría oír mucho mejor las cabezas de aquellos individuos sin tantos gritos retumbando en mis oídos. Y, de entre todas esas voces, susurros, ideas y reflexiones, una, tan solo una, llamó exageradamente mi atención.

Ahí estaba él, dirigiendo a cada uno de los presentes, en especial, jóvenes guapas y deslumbrantes, miradas enigmáticas e introvertidas, mostrando misterio y ciertos aires de prepotencia en sus espectaculares ojos azules. Posaba con la cabeza bien alta, como si su barbilla quisiera subir y subir, hasta límites insospechados. No me hacía falta acercarme para contemplar su infinita belleza, pero tampoco para saber que era un auténtico estúpido, en todos los ámbitos que conlleva la palabra.

Sonó el timbre, dando a saber que iba a llegar tarde a mi clase de física, por lo que, dándole poca importancia al asunto, como siempre solía hacer, salí corriendo en dirección a la puerta. Suerte la mía, la clase estaba casi vacía, así que me senté en la esquina derecha de la última fila, al lado de la ventana; mi sitio preferido, en el que pasaba la mayoría de las veces desapercibida. O por lo menos lo intentaba.

La profesora entró, no con muy buena cara, y, tras ella, una gran multitud que fue llenando todos los asientos libres. Supuse que la mayoría venían del escándalo que ha formado ese misterioso personaje, cautivador como el que más. Disipando esas ideas de mi cabeza, me concentré en la figura de la profesora, que abrió el libro y, mandando callar con estrepitosos gritos, empezó a explicar la materia. Pero segundos después, alguien llamó a la puerta, y la profesora, de muy mala gana, le ofreció pasar. Y, para mi sorpresa, entró la persona que menos imaginaría que asistiese, y la que menos quería que estuviera.

Con una cierta timidez que creí que jamás existiera en ese prepotente ser, entró con la cabeza gacha y preguntando si podía pasar. La profesora, con asombro, se dirigió hacia el nuevo alumno y, entre cortos susurros, aclaró sus dudas y le comentó a toda la clase que Erick, aquel muchacho de ojos azules, era nuevo. Aunque parece ser que la profesora era la única que no lo sabía, porque los demás habían estado presentes en el gran alboroto acaecido en los pasillos, y las chicas, entre cuchicheos y risas, comentaban la graciosa escena y solo tenían ojos para su exuberante figura. Erick, tocándose nerviosamente la nuca, rogó sentarse en algún pupitre, y la profesora le ordenó ocupar, casualmente, el que se encontraba a mi lado, que era el único que quedaba libre en toda la sala. Arrastrando los pies, caminó hacia el asiento verde, mirando al suelo. Arrastró la silla ruidosamente y se sentó, estirando los pies, mirándome y saludándome con una cálida sonrisa. Y, en ese momento, fue cuando le miré a los ojos por primera vez, y descubrí cosas que jamás pensé que pudieran existir.

Tras un trágico accidente acaecido hace pocos años, sorprendentemente, tenía el “don” de ver el aura de todas y cada una de las personas existentes en esta extraña dimensión a la que llaman mundo. Es una especie de fina línea, que rodea cada milímetro de tu cuerpo, ligera y esponjosa, como una protección a cualquier peligro acechante. Todas poseen un color característico, que varía según la energía que transmitas, cómo te encuentres, tu estado de humor… y muchos más factores secundarios. Todo el mundo tiene un aura. Pero Erick, para mi desconcierto, no estaba arropado por ninguna clase de envoltura colorida. Ni siquiera transparente. Y eso solo podía significar una cosa… que no puedo desvelar, o acabaría sepultada, degollada o quién sabe qué clase de torturas sufriría.

Acabó la clase de una forma rápida y esperanzadora, y Erick corrió hacia la salida. Seguí su estela y, velozmente, salí al pasillo, persiguiendo el camino que él había tomado hace escasos segundos. Y, buscándole con la mirada, le encontré apoyado contra las taquillas, sentado, abrazando sus rodillas y escondiendo su enmarañada cabellera castaña entre ellas. Y delante de él, observándole con mirada severa, le dije lo más horrible que podrían escuchar sus oídos sobrehumanos:
-Sé lo que eres.
Levantó la cabeza, y sus ojos poseían un gran miedo y cierta angustia. Me acongojé, pensando que le había roto por dentro, como todos estos años me han hecho a mí. Y antes de yo poder reaccionar, se levantó, me cogió de la mano y, tirando de mí, echó a correr hacia la salida del instituto, llevándome a un gran bosque. Y gracias al contacto con su fría piel, pude hallar todo su pasado, toda su historia, toda su vida. Y lo comprendí todo. Y, a pesar de saber lo que era y el daño que podía llegar a causarme, el tacto de su mano aferrando a la mía, surcando ese paraje húmedo y verde, me hizo sentir segura, como nunca antes nadie lo había conseguido. Y seguí corriendo, hallando fuerzas de donde no sabía que tenía, para que él me contase, para oírle, para escuchar a alguien que, por fin, me comprendía.