viernes, 8 de febrero de 2013

Espectros del pasado 1.


Dicen que cuando estás al borde de la muerte, toda tu vida transcurre en rápidas imágenes por tu mente, en cuestión de segundos. Ves pasar cada momento bueno, cada momento malo. Cada sonrisa. Cada lágrima. Sientes nostalgia, melodrama, añoranza. Pero a la vez alegría, por los logros y las metas conseguidos. Pero, ¿quién nos dice que, en un momento de nuestra vida en el que hayamos recordado ciertos pasajes, no hayamos muerto al instante y pensemos que seguimos vivos? ¿Quién me dice a mí que ahora mismo no soy un cuerpo inerte, un alma en pena vagando por un mundo paralelo en el que todo ha cambiado pero a la vez todo sigue tan igual? Yo, personalmente, me decantaría por la segunda opción. Y tengo motivos para pensarlo.

                Alcé el brazo, remangándome cansinamente la camisa a cuadros. Las dos de la mañana de un sábado un tanto peculiar, pero muy habitual. Me desplazaba en continuas eses, procurando no estamparme contra ninguna farola y manteniendo el equilibrio lo más adecuadamente posible. Mi cordura se hallaba de fiesta, escondida en alguna parte de mi cerebro, ocultándose de la oscuridad. De la realidad. En cambio, mi cuerpo permanecía allí, sufriendo los numerosos golpes ocasionados por la bebida y la desfachatez. “Mañana estaré molido”, pensó el poco tramo de cerebro que seguía presente. Pero, y qué; mi ánimo seguía molido, aun estando ebrio.
                Vagando de garito en garito, de labios en labios, de caderas en caderas, de ligas en ligas, sin que ninguna me llamase la atención sobremanera. Todas con escasa ropa, intentando ocultar complejos tras faldas excesivamente cortas y escotes extremadamente llamativos. Muchas me miraban lascivamente, deseosas de sentir el roce de mi piel como símbolo de un cariño que necesitaban sentir tras sucesivas y repetitivas decepciones. Pero amor es algo que yo nunca podré proporcionar, ni sabré recibir.
                Cuatro de la mañana de aquel terrible sábado. Penetré la entrada del último garito que me disponía investigar aquella noche, y casualmente el único al que no había acudido nunca. A primera vista, se asemejaba a los anteriores: jóvenes escudriñando con la mirada toda falda en movimiento, a la vista de la que fuese más estrecha y más corta, y chicas meneando las caderas al son de la música  proporcionando traviesas sonrisas a aquellas miradas inquisitivas, conscientes de que sus cuartos traseros y su delantera eran los protagonistas aquella noche. Aburrido, me encaminé hacia la barra, con el objetivo de pedir otra copa de las muchas ingeridas esa noche, y con la esperanza de divisar cualquier indicio de entretenimiento desde aquel punto de vista. Y, casualmente y para mi sorpresa, lo hallé: camuflada entre la ebullición de ritmos y movimientos de baile, allí se encontraba ella. Era una muchacha de pelo color negro azabache, cayéndole en cascada por la forma curvilínea de su espalda. De tez cenicienta y rasgos simétricos, mantenía una expresión demasiado calmada para un ambiente como aquel. Vestía un lujoso, pero sencillo vestido rojo pasión, que se ajustaba a su cintura dando a entender que poseía un cuerpo de escándalo. Desde luego, era una mujer de portada de revista, casi irreal. Pero no era eso lo que más destacaba. Eran… sus ojos. Su mirada penetrante, que se cruzó con la mía de una forma tan intimidante que me sorprendió hasta a mí. Y es que esa mirada no era real. No era humana. Y yo la había visto antes. 

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