No me hacía falta mirarle a los ojos para saber que eran de un cálido azul cielo, ni me hacía falta contemplar su rostro para adivinar que poseía un atractivo arrollador, de los que casi te quitan el hipo. Tampoco necesitaba conocerle para saber cómo se llamaba, qué edad tenía y cuáles eran sus sueños y metas. Y menos me urgía preguntarle en qué pensaba, porque ya lo sabía. Pero realmente, lo que no necesitaba confirmación ni verificación, era saber que ese muchacho no era para nada normal, y que afectaba y descontrolaba mi aura de una forma inexplicable e inverosímil. De modo insólito, neutralizaba mi poder, no en toda su totalidad, pero sí en gran parte.
Pero toda historia tiene un comienzo. En ésta, particularmente, no se halla uno en concreto, pero empezaremos por el que más se parece a un principio:
Segundos antes de que el deteriorado timbre se despertase, salí por la puerta de la pequeña aula a grandes zancadas, intentando alejarme lo antes posible de allí. Mientras tanto, pude percibir varios pensamientos de mis compañeros diciendo “vaya fracasada” u “ojalá se fuera para no volver”, y, por último, el de mi profesor de filosofía que exclamaba “¡se acabó la clase!”. Había soportado situaciones de ese tipo durante mi corta vida, por lo que ya prácticamente no me dañaban lo más mínimo. Son los inconvenientes de saber qué es lo que pasa por las cabezas de tus prójimos, y de que, cada vez que les rozas a la más mínima, conozcas todo su pasado, experiencias, sentimientos y demás circunstancias por las que hayan atravesado. Lo que se dice una chica normal.
Me dirigí hacia la cafetería con la mirada distraída hacia ninguna parte, con los Guns N’ Roses a todo volumen, intentando evadirme de la realidad y, aunque fuera por unos instantes, dejar de escuchar en qué piensan los demás. Porque, en momentos, podía resultar útil, pero en otros es un verdadero infierno.
Me senté en un pequeño taburete blanco al lado de la barra, y apreté el botón de pause. Una señorita de cabello rizado y oscuro me atendió, mostrando una sonrisa blanca en su totalidad y siendo amable, cosa que a mí me resultaba difícil y admiraba. Con gesto agrio pedí mi café con leche, y contemplé cómo la camarera se daba la vuelta, mostrando su uniforme verde pistacho con un delantal blanco, cogía la pequeña taza y me preparaba mi pedido. Mientras, trasladé mi mirada hacia la colosal ventana, en la que pude distinguir que un buen día acechaba. Calculé que serían las 10 de la mañana aproximadamente, y que me esperaba una buena jornada por delante.
Me sirvieron mi café y, dando las gracias más amablemente dentro de mi mal humor, volví a poner la música en marcha y tomé un sorbo de la caliente bebida.
Más relajada, salí de la cafetería, no sin antes pagar y despedirme de la agradable camarera. Giré hacia la derecha, situándome en el pasillo central del instituto para entrar al aula de física, la siguiente clase que me tocaba. Pero algo llamó mi atención.
Al fondo del pasillo, había una gran multitud haciendo una especie de círculo, en el que todos miraban hacia su centro. No se podía distinguir muy bien qué o quién era el causante de todo ese alboroto, y desde esa distancia no podía escuchar ningún pensamiento. Por lo que, decidida e intrigada, me acerqué al epicentro de los gritos.
Metros antes de la jauría, me paré en seco. Desde allí, la gente no me vería y mi existencia sería menos repulsiva, y, además, podría oír mucho mejor las cabezas de aquellos individuos sin tantos gritos retumbando en mis oídos. Y, de entre todas esas voces, susurros, ideas y reflexiones, una, tan solo una, llamó exageradamente mi atención.
Ahí estaba él, dirigiendo a cada uno de los presentes, en especial, jóvenes guapas y deslumbrantes, miradas enigmáticas e introvertidas, mostrando misterio y ciertos aires de prepotencia en sus espectaculares ojos azules. Posaba con la cabeza bien alta, como si su barbilla quisiera subir y subir, hasta límites insospechados. No me hacía falta acercarme para contemplar su infinita belleza, pero tampoco para saber que era un auténtico estúpido, en todos los ámbitos que conlleva la palabra.
Sonó el timbre, dando a saber que iba a llegar tarde a mi clase de física, por lo que, dándole poca importancia al asunto, como siempre solía hacer, salí corriendo en dirección a la puerta. Suerte la mía, la clase estaba casi vacía, así que me senté en la esquina derecha de la última fila, al lado de la ventana; mi sitio preferido, en el que pasaba la mayoría de las veces desapercibida. O por lo menos lo intentaba.
La profesora entró, no con muy buena cara, y, tras ella, una gran multitud que fue llenando todos los asientos libres. Supuse que la mayoría venían del escándalo que ha formado ese misterioso personaje, cautivador como el que más. Disipando esas ideas de mi cabeza, me concentré en la figura de la profesora, que abrió el libro y, mandando callar con estrepitosos gritos, empezó a explicar la materia. Pero segundos después, alguien llamó a la puerta, y la profesora, de muy mala gana, le ofreció pasar. Y, para mi sorpresa, entró la persona que menos imaginaría que asistiese, y la que menos quería que estuviera.
Con una cierta timidez que creí que jamás existiera en ese prepotente ser, entró con la cabeza gacha y preguntando si podía pasar. La profesora, con asombro, se dirigió hacia el nuevo alumno y, entre cortos susurros, aclaró sus dudas y le comentó a toda la clase que Erick, aquel muchacho de ojos azules, era nuevo. Aunque parece ser que la profesora era la única que no lo sabía, porque los demás habían estado presentes en el gran alboroto acaecido en los pasillos, y las chicas, entre cuchicheos y risas, comentaban la graciosa escena y solo tenían ojos para su exuberante figura. Erick, tocándose nerviosamente la nuca, rogó sentarse en algún pupitre, y la profesora le ordenó ocupar, casualmente, el que se encontraba a mi lado, que era el único que quedaba libre en toda la sala. Arrastrando los pies, caminó hacia el asiento verde, mirando al suelo. Arrastró la silla ruidosamente y se sentó, estirando los pies, mirándome y saludándome con una cálida sonrisa. Y, en ese momento, fue cuando le miré a los ojos por primera vez, y descubrí cosas que jamás pensé que pudieran existir.
Tras un trágico accidente acaecido hace pocos años, sorprendentemente, tenía el “don” de ver el aura de todas y cada una de las personas existentes en esta extraña dimensión a la que llaman mundo. Es una especie de fina línea, que rodea cada milímetro de tu cuerpo, ligera y esponjosa, como una protección a cualquier peligro acechante. Todas poseen un color característico, que varía según la energía que transmitas, cómo te encuentres, tu estado de humor… y muchos más factores secundarios. Todo el mundo tiene un aura. Pero Erick, para mi desconcierto, no estaba arropado por ninguna clase de envoltura colorida. Ni siquiera transparente. Y eso solo podía significar una cosa… que no puedo desvelar, o acabaría sepultada, degollada o quién sabe qué clase de torturas sufriría.
Acabó la clase de una forma rápida y esperanzadora, y Erick corrió hacia la salida. Seguí su estela y, velozmente, salí al pasillo, persiguiendo el camino que él había tomado hace escasos segundos. Y, buscándole con la mirada, le encontré apoyado contra las taquillas, sentado, abrazando sus rodillas y escondiendo su enmarañada cabellera castaña entre ellas. Y delante de él, observándole con mirada severa, le dije lo más horrible que podrían escuchar sus oídos sobrehumanos:
-Sé lo que eres.
Levantó la cabeza, y sus ojos poseían un gran miedo y cierta angustia. Me acongojé, pensando que le había roto por dentro, como todos estos años me han hecho a mí. Y antes de yo poder reaccionar, se levantó, me cogió de la mano y, tirando de mí, echó a correr hacia la salida del instituto, llevándome a un gran bosque. Y gracias al contacto con su fría piel, pude hallar todo su pasado, toda su historia, toda su vida. Y lo comprendí todo. Y, a pesar de saber lo que era y el daño que podía llegar a causarme, el tacto de su mano aferrando a la mía, surcando ese paraje húmedo y verde, me hizo sentir segura, como nunca antes nadie lo había conseguido. Y seguí corriendo, hallando fuerzas de donde no sabía que tenía, para que él me contase, para oírle, para escuchar a alguien que, por fin, me comprendía.
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