martes, 8 de septiembre de 2015

Páginas.

Las personas tenemos el poder de influir en otras, de marcar, de dejar huella. La mayoría de individuos que pasan a lo largo de tu vida ni siquiera dejan un recuerdo digno de recordar, una anécdota, alegre o triste; la mayoría son páginas de un libro roto, las cuales se pasan sin prestar mucha atención. Sin embargo, siempre habrá páginas que te hagan parar un instante, que te hagan observarlas con más detenimiento, que consigan robarte un poco, o mucho, de tu tiempo. Esas páginas te interesan, ya sea por su color, su forma, el tamaño de la letra, su olor, su contenido, las sensaciones que experimentas. Esas páginas dejan de ser una página más, para ser las páginas. Esas páginas harán que cambies. Esas páginas se te clavan en diminutos pedazos, y nunca más podrás despegarlos del todo.

Tú eres la página que más me ha marcado jamás, y sé con certeza que será imposible olvidarme de todos esos mensajes que tenías en tu interior.

Lamentablemente, no todas las palabras son agradables. Algunas van con rencor, con rabia, y hacen daño. No sabía lo que era el verdadero dolor emocional hasta esta última semana. Algo en mí ha cambiado, tal vez mi concepción de cuánto influía esa página desmigajada en mí, de mi concepción de ella, de lo importante que es para mí. Me he dado cuenta de que ha pasado tanto tiempo, de que he vivido tanto y he compartido más con esta nueva inquilina, que es parte de mí. Una de las más importantes. Y cuando una parte de ti se rompe, como ha ocurrido esta semana, no vuelves a ser la misma. Es lógico, ¿no? Las páginas parecen indefensas por ser ingrávidas, leves, suaves. Pero a veces cortan, hacen heridas profundas y dolorosas, a veces hieren. Y no sé si seré capaz de volver a juntar todos los pedazos otra vez.

Me acostumbré a tenerla siempre conmigo, a confiarle lo más íntimo de mí, algo que me aterraba desde el principio. Y fui feliz, y amé, y bailé, e hice el amor, y canté tan alto que pensé que mis pulmones saldrían de mi boca para llevarme arriba, alto, en forma de globos. Y fallé. Y me fallaste. Y ahí es cuando el mensaje de la página cambia, se hace grande, devorando lo que soy, lo que era, para acabar destrozándome. Las páginas son tan peligrosas como preciosas que asusta la fina línea entre la felicidad y la destrucción.

Las páginas son páginas, y no duran eternamente. Algunas van y vienen, siendo intermitentes en tu vida; pero prácticamente todas se acaban yendo en algún momento. Me pregunto si nuestro momento ha llegado ya, si es hora de que marches, u hora de que yo te libere. Tan sólo la idea de perderte, de dejar una parte de mí para reconstruir una nueva, me rompe. Quiero pensar en un futuro feliz, próspero, donde podamos complementarnos y seguir compartiendo nuestra vida. Pero es difícil, y arde. Arde como la pólvora. Sé que nunca volvería a ser la misma, que tendría que romperme en mil pedazos para recuperar algo parecido a lo que algún día fui. Sé que pase lo que pase dolerá, pero sé que dolerá más sin ti.  Tengo miedo de lo desconocido, de la soledad, de la oscuridad. Tengo miedo
de perderte, porque perderte es perderme después.

Quiero creer que soy fuerte, y que podré con ello. Quiero creer que me quieres, de verdad que quiero. Pero no es fácil creer en la utopía si ni siquiera creo en mí misma.

Sólo creo en el dolor, lo único real que siento ahora.

lunes, 20 de abril de 2015

Crónica de una revolución.

Érase una vez, y mentira no es, que en países remotos y lejanos, vivían los animales en comunidad y unidad. Sus territorios se distribuían por condados asentados sobre verdes llanuras, encrespadas (y, a veces, nevadas) montañas y ríos cristalinos, los cuales abastecían a la población de suficiente alimento. Poseían un avanzado sistema económico basado en la producción por sectores, según la habilidad especial de cada especie animal: las jirafas se ocupaban de divisar por encima de las copas de los árboles qué ocurría más allá del claro, así como de coger frutos de las cimas; los elefantes, los animales más sabios, formaban el sector más cultural del condado, aconsejaban a cualquier animal, le mostraban qué debía  hacer en determinadas situaciones, guiándoles hacia el buen camino; los guacamayos, aves de lustroso plumaje y muy parlanchinas, eran los encargados de recibir, enviar y transmitir mensajes de un sitio a otro, sobrevolando los páramos y paisajes que fuesen necesarios para ello; los erizos, curiosos y pequeños mamíferos de afiladas púas, excavaban rutas, creaban refugios y almacenes bajo tierra gracias a su increíble fuerza craneal, y, debido a su capacidad de encorvarse y hacerse bolas, ¡muchos animales jugaban con ellos como si de un balón se tratasen!; los carlinos, perros de nariz achatada y cola retorcida, eran los bufones del condado: realizaban espectáculos y hacían reír a todos los animales del lugar con sus disfraces, trucos y piruetas, sin olvidarnos de sus extravagantes gestos; las focas se encargaban de todo asunto marino que hubiese pendiente, ya fuera capturar pececillos para el alimento de algunos animales carnívoros, buscar perlas para crear collares que posteriormente usasen damas de alto prestigio… (Como las señoras avestruces, que, por cierto, últimamente tienen muy mal humor); los amigables castores, muy necesarios en el proceso productivo gracias a su trabajo con la madera, su fuerte cola y sus dientes capaces de modelar figuras de cualquier tipo; y, por supuesto, sin olvidar a los temidos y fieros leones, tan importantes que, sin ellos, el gran logrado sistema existente hasta ahora no funcionaría. O eso les hacían creer.
Cada especie animal tenía un representante que intervenía con el resto de oficiales, pues, como se ha mencionado antes, los animales tenían una organización tan eficiente que ya quisieran los humanos. Así, estaba la conocida jirafa Samanta, a veces un poco ignorante e inocente, pero tan honesta y generosa que era imposible no sentir afecto por ella; el elefante Benito, viejo bonachón de risa grave y monótona, era como un abuelo para todos los chiquillos que por el prado correteaban (aunque, como todos los elefantes de edad avanzada, era un poco cascarrabias); el guacamayo Malayo, ¡ten cuidado de no cruzártele cuando tengas prisas!, porque habla por los codos… digo, por las alas; la eriza Trufa, algo tímida, pero cuando la conoces, su dulzura te embriaga con el más suave aroma y te acompaña para siempre; el carlino Yoda, un tanto bipolar, pues pasa del humor al llanto en cuestión de segundos… pero no hay mejor animal con el que echarte unas risas; la foca Lola, inteligente y sociable como ella sola, pero muy, muy, muy despistada; el castor Paco, el más glotón del condado, pero era sorprendentemente el más fuerte y fornido de los de su especie.
Todos estos animales tenían algo en común: sentían un frío y audaz miedo por los leones, sobre todo por Mumford, el jefe de la camada. Y, por ello, les obedecían en todo lo que ellos decían, hacían e imitaban lo que el resto ejecutaba, pues así estaba decidido. Eran esclavos de la ley, obreros del sistema. Incluso se podría decir que era una dictadura, como se conoce entre la sociedad humana.
Todo esto estaba fundamentado en la opresión que hacían los leones, un grupo numeroso, frente al resto de animales del condado, grupo mayor si cabe, pero que no ostentaba el poder. Su origen estaba en que los leones, al ser fuertes, valientes y temidos, habían tomado la iniciativa de someter al conjunto de especies y perpetuar esta tragedia a través de la discriminación hacia estas criaturas por sus condiciones físicas, laborales, de género, de orientación sexual… todo aquello a lo que eran contrarios los malévolos leones. Por ello, todos los animales sufrían algún tipo de acoso: el carlino Yoda, por su ausencia de belleza debido a que no seguía los cánones de belleza establecidos (consistentes en hocico delineado y afilado, sin arrugas, justo lo contrario a él), era sometido a constantes burlas y chistes, y no exactamente por su oficio, que era bufón; la jirafa Samanta, o más bien Sam, pues quería hacerse un cambio de sexo al sentirse chico, es decir, del género opuesto (transexual, por si andabais perdidos); el elefante Benito, demasiado viejo para ser de utilidad, a veces se quedaba sin asiento en el gran carro que le llevaba de un lugar a otro, ya que los jóvenes leones no le cedían sitio, gritando “¡Váyase a su casa, elefante, que aquí no hay sitio para animales como usted!”; el guacamayo Malayo, de demasiados colores, y es que, según los leones, los animales válidos eran aquellos que sólo lucían un único color, recibía insultos del estilo “maldito pájaro multicolor”, “¡ojalá se vuelva a su selva!”, “sus plumas me repugnan”; la eriza Trufa, despreciada por su condición de hembra, y es que la opinión de los leones era que todas aquellas féminas debían ocuparse de las tareas del hogar y de cuidar de sus parejas (algo entendido en el mundo humano como “sumisas”, aunque por el mundo animal la palabra no era muy conocida), era discriminada en temas laborales y sociales, de tantos modos y formas que la lista sería interminable; la foca Lola, con un sobrepeso mayor a lo acostumbrado, se sentía menospreciada de tal forma que su cuerpo la limitaba hasta para encontrar trabajo o hacer amigos, y escuchaba, no voluntariamente, comentarios obscenos sobre su figura; el castor Paco, acerca del cual se rumoreaba que sentía atracción por los castores y no por las castoras (lo que nosotros conocemos como homosexual), y eso era algo humillante e intolerable para los leones. Como veréis, todos los animales sufrían de una forma u otra, tan solo por su naturaleza, por lo que el destino les brindó sin ellos decidirlo o merecerlo. (¿Os suena?)
Esta opresión era palpable en el día a día de los animales, aunque a veces estaba tan invisibilizada y escondida que ni ellos mismos caían en la cuenta, a pesar de sentirse terriblemente incómodos. Sus vidas se cernían sobre una bóveda gris y húmeda, como las mañanas en las que el cielo encapotado no te deja ver tu futuro próximo, el más allá. Parecía que su día a día sería igual de monótono, igual de asfixiante. Pero se equivocaban.
Las voces descarriadas, los gritos en voz baja, las súplicas de auxilio con la mirada requerían de un líder, alguien que les guiase hacia la luz y la claridad que supondría el romper las cadenas que les ataban a los leones, pues los animales por su cuenta no tenían la suficiente fuerza ni motivación para mover el mundo. Y allí estaba el elefante Benito, cultivado en mil batallas, preparado para ocasiones como esta, donde tenía que sacar todo su potencial comunicativo y convincente, exhibir su ya formada experiencia y demostrar su habilidad para dirigir a las masas hacia una causa justa como era su propia libertad. Para ello, reunió a todos los dirigentes de cada familia animal, y les convocó en un pequeño claro que se abría paso en el espeso bosque del condado, suficientemente accesible para todos los miembros pero lejos del oído felino, pues era de vital importancia que los gatitos feroces no vislumbrasen ni un atisbo del plan maquinado por don Benito. Y así, como cuando nosotros, los humanos, esperamos expectantes ante noticias que, sin saber de qué se tratan, sospechamos que darán un giro rotundo a nuestras vidas, los animales comenzaron a escuchar el breve, pero impactante arenga de Benito:
-Animales de nuestro compartido condado, fieles amigos, bienvenidos. Os reúno aquí por un tema que no puede seguir ocultado, escondido, por un asunto que nos incumbe y nos reclama a ser resuelto. Los leones, aquellos seres inmundos y ruines, los que nos quitaron cuanto teníamos, siguen despreciándonos y tratándonos como miseria. Y esto no puede seguir así. Somos un grupo mucho mayor al suyo, con una diversidad variopinta que nos enriquece y fomenta nuestra fortaleza, y no nos vamos a hacer pequeños ante ellos cuando realmente somos los más grandes. Basta ya de vivir atemorizados, de vivir atormentados. Basta ya de ser las piedras frente a las murallas, la leña frente al fuego. Porque, al igual que estos dos elementos, formamos parte de ese gran todo y, en cuanto una pieza se sale, todo el sistema se derrumba. Seamos la piedra que cae, la leña que arde. Seamos grito y seamos puño, pues, con ello, lograremos la victoria, la vida que merecemos. ¡Próxima parada, la libertad!
            Se abrió un halo de esperanza en los corazones de los animales, quienes, por fin, atisbaron una posibilidad de júbilo en sus vidas. Con ello, empezaron a quererse a sí mismos y entre ellos, a ver lo bonito que es la multiculturalidad y la diversidad de cuerpos, políticas y mentalidades, a entender que resignarse y darse por vencido nunca será el final. Los animales del condado se hicieron fuertes y poderosos, y consiguieron empequeñecer el ego y la superioridad de los leones, hasta tal punto que su poder ya no ejercía influencia alguna. Los animales eran almas libres, individuos con una fuerte autonomía. Y fueron dichosos, pudiendo disfrutar de su esencia divina, de su emancipada vida. Felices, pero no comieron perdices, ¡que ellas también tienen derecho a gozar de su juventud!

            Y ahora, niños, diréis… ¿cuál es la moraleja? Bien, pues aquí está: la diversidad de culturas, identidades y personalidades es algo rico y enriquecedor que debemos cuidar y salvaguardar, pero no temer. Todos somos iguales, hablemos de animales en este caso, personas blancas, negras, de cualquier otra etnia, mujeres, hombres, transexuales, homosexuales…, pues todos los seres vivos sentimos, amamos y vivimos por igual. Respétate a ti mismo y respeta a tu entorno, pero, sobre todo, respeta a aquel que tienes al lado, pues es un igual a ti. Y, ya que hemos aprendido lo bien que les fue a los animales… ¿qué tal si nosotros, las personas, imitamos su acción y nos liberamos de las cadenas que nos apresan, que nos oprimen, pero que, irónicamente, creamos nosotros mismos?

viernes, 6 de marzo de 2015

Yo soy yo y mi circunstancia.

Me gusta. 
Me gusta bailar hasta quedarme exhausta, y que me digan que lo hago bien. El zumo de naranja natural ácido, las uñas largas y bien limadas, el color granate, las faldas y los vestidos con vuelo. El olor de la lluvia, pero desde mi casa. Mi habitación cuando está recogida (que es nunca), cocinar dulces e ir comiéndome los ingredientes por el camino, los lóbulos de las orejas gorditos, hablar inglés y sentirme bilingüe, tener razón y que me la admitan, hacer cosquillas a Jaime, no tener grupo de música favorito porque a medida que pasa el tiempo voy descubriendo uno que me descoloca los esquemas, que la gente se ría de mis gracias, o que por lo menos lo intenten.
Adoro los carlinos con toda mi alma, sin ninguna razón en particular. El Nesquik bien frío de la nevera, la lencería bonita, el olor a libro nuevo, dibujar y que me salga relativamente bien, los pintalabios, sobre todo los oscuros, tumbarme a leer en mi cama hasta que me duelan los ojos, las tardes con mi novio, ir al teatro y salir con buen sabor de boca, las cosas baratas y bonitas, Velázquez y Van Gogh, escribir cuando estoy inspirada y que dé buen resultado, las lentejas, los peluches gigantes y súper suaves, las canciones de Vetusta Morla y verlos en directo, Juego de Tronos y, en particular, Daenerys, ver High School Musical y cantar las canciones mientras me miran raro, el helado de avellana del Palazzo, los carlinos, arreglarme y sentirme guapa.
Me encantan las manifestaciones, y desgañitarme gritando por la causa. La gente crítica, mi pelo cuando está bien peinado, el olor a pintauñas, sentirme orgullosa de mí misma, que la gente a la que quiero esté feliz, que yo esté feliz sin motivo, mi erizo, y más cuando en vez de corretear por ahí se acurruca en mi regazo, abrazar a mi madre, las cenas por ahí con mis hermanos, emocionarme con una película o un libro, los carlinos, que me digan que me quieren. El feminismo, adoro el feminismo y todo lo que ha traído en mi vida.

Pero sobre todo los carlinos. 

No me gusta 
No me gusta el flan ni la música electrónica, sin ninguna base instrumental. Bailar y que me digan que lo hago bien porque me muero de la vergüenza, el té en todas sus variantes, los libros con la letra muy pequeña y sin suficiente interlineado, el olor a tabaco y el tabaco en sí, el color marrón, las fotos en las que salgo de pequeña, con unos 7 u 8 años, la nieve y su amigo el frío. Las películas mal dobladas al español o que el doblador de un mismo actor varíe, el tacto de los sillones y sofás, el sonido de la tiza chirriando en la pizarra, el arte abstracto o moderno, el olor de la gasolina, la gente sudada y que me toquen cuando lo estoy yo.
No soporto la gente ignorante, encontrarme a un vecino en el portal y que me pregunte por mi vida como si le importase, esperar a que llegue el metro, sentirme reemplazada o sustituida por otra persona, las New Balance, el fútbol y que muchas personas pierdan la razón y falten al respeto por ello, el arroz seco, las políticas de derechas, los finales tristes, el gazpacho, que me toquen la barriga, la forma de mis pies, los “chistes” discriminatorios que perpetúan opresiones, los trabajos cooperativos, que se hunda la galleta mojándola en el vaso de leche, el pelo graso, que no me salgan las cosas a la primera, los profesores que tratan con condescendencia a sus alumnos y los libros románticos del tipo Federico Moccia.
Odio la gente machista, racista, homófoba; intolerante en general. La manipulación por parte de los gobiernos, la gente falsa, el aliento a alcohol, llevar chándal, las polillas, saber que no sé y que me lo recuerden, que me elogien en exceso, madrugar, la carne muy hecha, el maltrato animal, las bebidas con gas y los señores que piropean por las calles. No me gusta la gente que no se gusta a sí misma, ni que en momentos no me guste nada de mí. No me gustan tantas cosas que la mayoría no me gusta que no me gusten. 

domingo, 8 de febrero de 2015

La música del silencio.

“Música: arte de combinar los sonidos en una secuencia temporal atendiendo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, o de producirlos con instrumentos musicales.”

No.

Música es oír llover mientras duermes arropado en tu habitación, con un halo de penumbra y el frío en los labios. Música es leer un poema lentamente, con los ojos entrecerrados, relamiéndolo. Música es dibujar con el corazón y no con las manos. Música es bailar sin ella, tan solo guiándote por tus sentimientos.

Música es el compás de nuestros besos, mientras paso mi mano por tu nuca. Música es oír tu leve respiración cuando te tengo cogido en mis brazos. Música es tu risa, cuando te aprisiono y te hago cosquillas. Música es tu llanto. Música es la articulación de sonidos y fonemas que pronunciamos cuando nos decimos “Te quiero”. Música es lo que hacen nuestros cuerpos cuando se unen. Música son tus gemidos. Música es aquello que oigo cada vez que apareces.


Música… música eres tú. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Untitled.

Being different in a strange world
might be a thing you've never heard before.
Feeling alone, going abroad,
saying you won't laugh anymore.

Perhaps it's a little rude,
but the reality sometimes is not good.
You can scream, you can shout,
but you'll be lost without any doubt.

But you're like the rainbow in a rainy day,
like the green in a field full of grey.
You changed my life, you showed me my way,
you taught me I could be a perfect girl.

Life it's not always easy,
and maybe I could be a little busy;
but, if you're there for me,
I'm sure I'll be ready for this. 

sábado, 19 de abril de 2014

Perspectiva de una escapatoria.

Fue una cruda mañana de invierno
el día en el que me encontré huyendo
al igual que el cervatillo en el incendio,
lacerante, salvaje, cruel destino.
Mi destino…

Huía del adiós esperado,
de tus besos anhelados, pero rechazados,
del calor que desprendía tu mirada,
de la difícil y frugal jugada.
Mi jugada…

Huía del tintineo del despertador,
del café aguado mañanero,
del amor fugaz y verdadero,
del mundo de mi alrededor.
Mi mundo…

Pero sobretodo huía de la soledad,
de la permanencia, la insistencia,
del porqué de mi existencia,
de la falsa esperanza.
Mi esperanza…


Supongo que me cansé de mirar
hacia la nada, y encontrar
el vacío, la desolación, la espera
de quien desea sentir vida.
Mi vida…

Tú, hirsuto como la roca;
yo, transparente como el cristal.
Siempre chocando, siempre luchando,
una batalla difícil de ganar.
Mi batalla…

Simplemente, desplegué las alas,
heridas del paso del tiempo,
y eché a volar, en busca de aliento,
decisión, sueños, metas.
Mis metas…

Nadie dijo que fuese sencillo,
que encontrase la paz que no tenía,
que hallase mi camino, que en el fondo temía,
que mi obra cobrase sentido.
Mi obra…

Pero aprendí que el amor
se encuentra en la punta de los dedos
de aquel que teme amar,
que teme querer.
Que cuando uno lleva tanto tiempo buscando,
tiende a olvidarse de que encontrar es fácil
si buscas en aquel que se calla cómo se siente.
Que los besos curan heridas,
o abren las cicatrices más profundas.
Que la única forma de acallar mi frío
es la de lanzarme a tus brazos cual suicida lanzándose al vacío.
Que debo gritar lo que callo,
aceptar lo que rechazo,
devorar lo que vomito.

Que puedo realizar el viaje más largo,
recorrer lo que nadie ha recorrido,
experimentar lo que nadie ha experimentado.
Pero, si de quien verdaderamente huyo
es de mí, de ti, del pasado;
lo que vivimos, lo que sentimos,
lo que callamos, lo que anhelamos,
habrá valido la pena si yo, serena,
afronto la verdad, la templanza.
Haré la travesía más sorprendente,
innovadora, exigente,
pero, lo único que verdaderamente me salvará,
es enfrentarme al destino…


…mi destino.

Descansa en paz.

“Es increíble cómo el simple, pero a la vez tan complejo fenómeno de la muerte, puede arrasar con todo. Cómo puede llevarse a alguien que sentías tan cercano, tan humano. Cómo puede desaparecer de alguien cualquier rastro de vida, de aliento, de alma. Cómo al desvanecerse un cuerpo, se desvanecen con él sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos. Sus recuerdos. Sus heridas, y no exactamente físicas. Sus logros, y no exactamente en forma de trofeos. Es increíble cómo la vida es tan efímera, y la muerte, tan invencible. También es increíble cómo le tememos tanto a la muerte y cómo a veces nos jugamos tanto la vida que la rozamos con la punta de los dedos. Es increíble cómo la marcha de alguien puede destrozar tanto a sus seres queridos que, incluso, llegan a desear haber muerto antes ellos que dicha persona, y, en cambio, sienten cómo muere su interior, poco a poco, sin pausa. Es increíble cómo necesitamos ese abrazo que antes rechazamos, ese beso que antes asqueamos, esa caricia que  antes despreciamos, ese acto que antes criticamos. Y que ahora tanto arrepentimos. Es increíble lo importantes que nos sentimos vivos, pero lo innecesaria que es nuestra vida para los demás, y lo poco que marcará a la humanidad. Es increíble que nos sintamos dioses, capaces de superar cualquier meta, cualquier desafío, pero a la vez seamos tan vulnerables. Es increíble cómo logramos sentir tanto, querer tanto a alguien hasta que duela, y al acabar tu vida, todo ese sentimiento se quede tan solo en el recuerdo de alguien, o ni siquiera. Y no eres consciente de que has sufrido y luchado tanto durante tu vida para que luego, en cuestión de segundos, todo desaparezca y solo haya servido para seguir viviendo, seguir resistiendo. Muchas veces pienso que la vida solo existe para que alguien juegue con nosotros, vea cómo enloquecemos, cómo lamentamos. Cómo perdemos. Y es que, al fin y al cabo, todo el mundo pierde. Todo el mundo muere. La muerte es el único acontecimiento irreparable, sin solución.”

Acabó el relato, y con ello comenzó el sollozo de Alice, igual que tras la tormenta viene la calma, igual que el otoño da paso al invierno, hospedado en los rostros de los allí presentes, paralizados por el dolor, el miedo. La pérdida. Aunque, tras escuchar las duras palabras de la muchacha de aspecto gélido como el hielo, se atisbó un ligero toque de sorpresa, e incluso curiosidad, en los gestos de los individuos. La joven les desafió con la mirada, imponiendo sus palabras y dando la impresión de querer congelarles a través de sus penetrantes ojos añiles. Tras mantener fija la vista unos segundos más, donde se vislumbraba una chispa de dolor, se dio la vuelta y se alejó por el caminito de grava que marcaba el camino de la salida del lúgubre cementerio, cubierto de un espeso manto de nieve que hacía más trágica y melancólica su huida, pero sin derrumbarse ni dejarse vencer por su orgullo, reprimiendo las lágrimas como buenamente sabía y caminando con paso firme, paso decidido. Tal y como hacía su abuelo; su difunto abuelo.
              
Realmente, este hecho me vino muy mal. Me quedé entre los familiares y amigos de  Mark, el recién fallecido, querido por todos y envidiado por muchos; el abuelo de mi amiga. No conocía prácticamente a nadie, debido a que la familia de Alice siempre ha sido muy reacia a las visitas y sólo se relacionaban entre ellos. Seguramente, éste era el hecho por el que los allegados estaban tan afectados, pero eso no viene al caso. Sólo hice lo que creí que era conveniente, y fue esperar a que los parientes calmasen un poco su dolor ahogándolo en gritos de desesperación, y lanzarles miradas alentadoras y de consuelo, ya que hacer más me resultaba un poco entrometido. Comencé a sentir frío en mis pies, ya que el frío helado del suelo penetraba mis zapatos que, según mi madre, eran de cachemir, pero ambas sabemos que no es así porque nos encontramos en una situación económica problemática; mi madre y sus formas de no preocuparme. Recuerdo desear con fervor que todo aquello acabase, que pudiese alejarme de aquel lugar atestado de muerte y desolación y pudiese acudir a un remanso de paz, donde respirase aire puro, con olor a vida. Sólo estaba allí por mi amiga, pero ahora que se había marchado, algo me impedía huir como había hecho ella, y permanecer allí, con las víctimas del fallecimiento. Por suerte para mi persona, me mantuve firme, dando apoyo y, gracias a eso, mi forma de ver la vida y afrontarla cambió de una forma radical.

Sé que no era una despedida apropiada para un velatorio, ni una actuación y actitud dignas de la memoria de su abuelo. Pero también sé que para Alice, su abuelo era el centro de su vida, superior a sus padres, superior incluso a mí. Fiel amigo en las buenas, tierna almohada en las malas. Era su punto fuerte, y a la vez, su punto débil. Y es por eso por lo que nadie entendía aquella situación inesperada, aquel arrebato de rabia y frustración. Y yo solo quería reencontrarme con mi amiga, consolarla, encontrar la causa de todo ese revuelo.

En ese sentido, siempre he tenido cierta envidia de mi amiga. Yo nunca he disfrutado de la presencia de un abuelo como tal, aquel que va todas las tardes a buscarte al colegio; el que te cuenta historias de su época, antiguas a la par que interesantes; el que te dice todos los días lo guapa y mayor que estás, a pesar de que es de tus peores días; el que te da más dinero del que debería, pero siempre lo arregla con un “no se lo digas a tu madre”; el que te dice “ponte una rebequita que refresca”, a pesar de que estemos en verano; el que te hace enormes pasteles para merendar, y a la hora de comer, nunca es suficiente; el que se sacrifica en cualquier ocasión para hacerte el más mínimo favor; el que se preocupa por ti hasta la demencia, el que te quiere con locura. Incluso me atrevería a decir que es ese el cual daría su vida por ti, por verte sonreír. El que recorrería mar y aire para que su nieta fuese la niña más dichosa del mundo, porque a su vez, él mismo compartiría dicho sentimiento. Una parte vital de tu vida, esencial, sin la cual no puedes seguir adelante, por lo menos no con normalidad. Yo, lamentablemente (o eso es lo que dicen), no disfruto ni he disfrutado nunca de esta experiencia debido a que cuando nací, solo vivía una de mis abuelas, si es que se la puede considerar así, porque más bien hace el papel de parienta lejana. Aunque, aun así, no me arrepiento, debido a que no añoro ningún tipo de acercamiento ni sentimiento de este tipo, ni tampoco lo anhelo. Siempre me ha resultado absurdo querer a alguien, dar todo por esa persona, ya que tarde o temprano te defraudará o se irá de tu vida, ya sea de forma física o, como es en este caso, espiritual. Sufrimiento innecesario.

En esta parte de la trama, tengo una pequeña laguna; no recuerdo cómo ni por qué, tan solo memorizo encontrarme en casa de Alice, más concretamente en su habitación, sentadas en el suelo, mirando a la nada. Sí, a la nada; Alice con la mirada perdida, incapaz de expresarse o explicarse, y yo sin saber qué debería hacer. Permanecimos allí un intervalo indeterminado de tiempo, el cual fue muy ambiguo porque por mi cabeza se sucedían muchas cosas, pero a la vez ninguna. No sé cómo sucedió, que de repente Alice se encontraba sentada en el borde de su cama, observando un libro en su mesilla con curiosidad inusitada, más curiosamente “El Código da Vinci”. Lo abrió con delicadeza, acariciando cada una de sus páginas con mimo y mesura, cual cachorro indefenso, tratando de ganarte su confianza. Sin previo aviso, se paró en una página de la mitad del libro aproximadamente, comedida, y su rostro pasó de una ligera curiosidad a una sorpresa notable. Sin más preámbulo, me dijo:

-Sígueme.

Y, cogiéndome del brazo y sin tan siquiera esperar a que me levantase, me llevó al salón, donde se encontraba una exuberante biblioteca. Buscando minuciosamente entre todos aquellos libros, la muchacha adoptó un gesto de total dedicación y concentración, mientras yo me hallaba en la más profunda de las confusiones. Por fin encontró lo que tanto buscaba, y era un pequeño cuadernillo situado entre dos libros verdaderamente extensos, disimulando su existencia. Lo abrió con delicadeza, pero a la vez con decisión, y se enfrascó en la lectura, la cual pude ver que estaba escrita a mano. Pasaron unos minutos, en los que pude contemplar cómo el rostro de mi amiga tomaba distintas expresiones. Hasta que, por último y soltando un suspiro, cerró el cuadernillo, me miró de  una forma que todavía no soy capaz de explicar, y me dio uno de esos abrazos que te dejan sin respiración y no sabes muy bien si de alegría o de tristeza. Sosteniendo su tembloroso cuerpo, aumentó aún más mi confusión, e intenté apartarla para poder mirarla a los ojos e intentar descifrar un ápice de lo que estaba ocurriendo. Por suerte, al final Alice se separó de mis brazos, y me entregó la libreta sin vacilar, terciando que si lo leía, por fin comprendería. Y así fue.


                Lamentablemente, no puedo relatar qué contenía la libreta, porque es algo muy personal, y a la vez, tan trascendental que no os dejaría dormir durante días. Solo puedo mencionar que, efectivamente, la nota era del difunto abuelo de Alice y, gracias a aquel escrito, mi vida cambió y recapacité. Descubrí qué es el amor verdadero, qué es ofrecer tu vida a alguien, sin condiciones, requisitos ni intereses; un amor puro y sincero, un amor que no se puede explicar con palabras. Entendí que amar y ser amado es lo más bonito que te puede ocurrir nunca, que las personas, si sabes buscarlas bien, pueden ser el mayor regalo. Y que, a pesar del dolor o de la tormenta, el amor estará ahí para reparar los daños, devolverte lo que algún día fue tuyo. Sin amor, no somos personas, y si no somos personas, simplemente no vivimos. Todo esto lo supe gracias al sacrificio del abuelo de Alice, y comprendí que, si verdaderamente existe un dios omnipotente y misericordioso, se encuentra en el corazón de los abuelos.