lunes, 20 de abril de 2015

Crónica de una revolución.

Érase una vez, y mentira no es, que en países remotos y lejanos, vivían los animales en comunidad y unidad. Sus territorios se distribuían por condados asentados sobre verdes llanuras, encrespadas (y, a veces, nevadas) montañas y ríos cristalinos, los cuales abastecían a la población de suficiente alimento. Poseían un avanzado sistema económico basado en la producción por sectores, según la habilidad especial de cada especie animal: las jirafas se ocupaban de divisar por encima de las copas de los árboles qué ocurría más allá del claro, así como de coger frutos de las cimas; los elefantes, los animales más sabios, formaban el sector más cultural del condado, aconsejaban a cualquier animal, le mostraban qué debía  hacer en determinadas situaciones, guiándoles hacia el buen camino; los guacamayos, aves de lustroso plumaje y muy parlanchinas, eran los encargados de recibir, enviar y transmitir mensajes de un sitio a otro, sobrevolando los páramos y paisajes que fuesen necesarios para ello; los erizos, curiosos y pequeños mamíferos de afiladas púas, excavaban rutas, creaban refugios y almacenes bajo tierra gracias a su increíble fuerza craneal, y, debido a su capacidad de encorvarse y hacerse bolas, ¡muchos animales jugaban con ellos como si de un balón se tratasen!; los carlinos, perros de nariz achatada y cola retorcida, eran los bufones del condado: realizaban espectáculos y hacían reír a todos los animales del lugar con sus disfraces, trucos y piruetas, sin olvidarnos de sus extravagantes gestos; las focas se encargaban de todo asunto marino que hubiese pendiente, ya fuera capturar pececillos para el alimento de algunos animales carnívoros, buscar perlas para crear collares que posteriormente usasen damas de alto prestigio… (Como las señoras avestruces, que, por cierto, últimamente tienen muy mal humor); los amigables castores, muy necesarios en el proceso productivo gracias a su trabajo con la madera, su fuerte cola y sus dientes capaces de modelar figuras de cualquier tipo; y, por supuesto, sin olvidar a los temidos y fieros leones, tan importantes que, sin ellos, el gran logrado sistema existente hasta ahora no funcionaría. O eso les hacían creer.
Cada especie animal tenía un representante que intervenía con el resto de oficiales, pues, como se ha mencionado antes, los animales tenían una organización tan eficiente que ya quisieran los humanos. Así, estaba la conocida jirafa Samanta, a veces un poco ignorante e inocente, pero tan honesta y generosa que era imposible no sentir afecto por ella; el elefante Benito, viejo bonachón de risa grave y monótona, era como un abuelo para todos los chiquillos que por el prado correteaban (aunque, como todos los elefantes de edad avanzada, era un poco cascarrabias); el guacamayo Malayo, ¡ten cuidado de no cruzártele cuando tengas prisas!, porque habla por los codos… digo, por las alas; la eriza Trufa, algo tímida, pero cuando la conoces, su dulzura te embriaga con el más suave aroma y te acompaña para siempre; el carlino Yoda, un tanto bipolar, pues pasa del humor al llanto en cuestión de segundos… pero no hay mejor animal con el que echarte unas risas; la foca Lola, inteligente y sociable como ella sola, pero muy, muy, muy despistada; el castor Paco, el más glotón del condado, pero era sorprendentemente el más fuerte y fornido de los de su especie.
Todos estos animales tenían algo en común: sentían un frío y audaz miedo por los leones, sobre todo por Mumford, el jefe de la camada. Y, por ello, les obedecían en todo lo que ellos decían, hacían e imitaban lo que el resto ejecutaba, pues así estaba decidido. Eran esclavos de la ley, obreros del sistema. Incluso se podría decir que era una dictadura, como se conoce entre la sociedad humana.
Todo esto estaba fundamentado en la opresión que hacían los leones, un grupo numeroso, frente al resto de animales del condado, grupo mayor si cabe, pero que no ostentaba el poder. Su origen estaba en que los leones, al ser fuertes, valientes y temidos, habían tomado la iniciativa de someter al conjunto de especies y perpetuar esta tragedia a través de la discriminación hacia estas criaturas por sus condiciones físicas, laborales, de género, de orientación sexual… todo aquello a lo que eran contrarios los malévolos leones. Por ello, todos los animales sufrían algún tipo de acoso: el carlino Yoda, por su ausencia de belleza debido a que no seguía los cánones de belleza establecidos (consistentes en hocico delineado y afilado, sin arrugas, justo lo contrario a él), era sometido a constantes burlas y chistes, y no exactamente por su oficio, que era bufón; la jirafa Samanta, o más bien Sam, pues quería hacerse un cambio de sexo al sentirse chico, es decir, del género opuesto (transexual, por si andabais perdidos); el elefante Benito, demasiado viejo para ser de utilidad, a veces se quedaba sin asiento en el gran carro que le llevaba de un lugar a otro, ya que los jóvenes leones no le cedían sitio, gritando “¡Váyase a su casa, elefante, que aquí no hay sitio para animales como usted!”; el guacamayo Malayo, de demasiados colores, y es que, según los leones, los animales válidos eran aquellos que sólo lucían un único color, recibía insultos del estilo “maldito pájaro multicolor”, “¡ojalá se vuelva a su selva!”, “sus plumas me repugnan”; la eriza Trufa, despreciada por su condición de hembra, y es que la opinión de los leones era que todas aquellas féminas debían ocuparse de las tareas del hogar y de cuidar de sus parejas (algo entendido en el mundo humano como “sumisas”, aunque por el mundo animal la palabra no era muy conocida), era discriminada en temas laborales y sociales, de tantos modos y formas que la lista sería interminable; la foca Lola, con un sobrepeso mayor a lo acostumbrado, se sentía menospreciada de tal forma que su cuerpo la limitaba hasta para encontrar trabajo o hacer amigos, y escuchaba, no voluntariamente, comentarios obscenos sobre su figura; el castor Paco, acerca del cual se rumoreaba que sentía atracción por los castores y no por las castoras (lo que nosotros conocemos como homosexual), y eso era algo humillante e intolerable para los leones. Como veréis, todos los animales sufrían de una forma u otra, tan solo por su naturaleza, por lo que el destino les brindó sin ellos decidirlo o merecerlo. (¿Os suena?)
Esta opresión era palpable en el día a día de los animales, aunque a veces estaba tan invisibilizada y escondida que ni ellos mismos caían en la cuenta, a pesar de sentirse terriblemente incómodos. Sus vidas se cernían sobre una bóveda gris y húmeda, como las mañanas en las que el cielo encapotado no te deja ver tu futuro próximo, el más allá. Parecía que su día a día sería igual de monótono, igual de asfixiante. Pero se equivocaban.
Las voces descarriadas, los gritos en voz baja, las súplicas de auxilio con la mirada requerían de un líder, alguien que les guiase hacia la luz y la claridad que supondría el romper las cadenas que les ataban a los leones, pues los animales por su cuenta no tenían la suficiente fuerza ni motivación para mover el mundo. Y allí estaba el elefante Benito, cultivado en mil batallas, preparado para ocasiones como esta, donde tenía que sacar todo su potencial comunicativo y convincente, exhibir su ya formada experiencia y demostrar su habilidad para dirigir a las masas hacia una causa justa como era su propia libertad. Para ello, reunió a todos los dirigentes de cada familia animal, y les convocó en un pequeño claro que se abría paso en el espeso bosque del condado, suficientemente accesible para todos los miembros pero lejos del oído felino, pues era de vital importancia que los gatitos feroces no vislumbrasen ni un atisbo del plan maquinado por don Benito. Y así, como cuando nosotros, los humanos, esperamos expectantes ante noticias que, sin saber de qué se tratan, sospechamos que darán un giro rotundo a nuestras vidas, los animales comenzaron a escuchar el breve, pero impactante arenga de Benito:
-Animales de nuestro compartido condado, fieles amigos, bienvenidos. Os reúno aquí por un tema que no puede seguir ocultado, escondido, por un asunto que nos incumbe y nos reclama a ser resuelto. Los leones, aquellos seres inmundos y ruines, los que nos quitaron cuanto teníamos, siguen despreciándonos y tratándonos como miseria. Y esto no puede seguir así. Somos un grupo mucho mayor al suyo, con una diversidad variopinta que nos enriquece y fomenta nuestra fortaleza, y no nos vamos a hacer pequeños ante ellos cuando realmente somos los más grandes. Basta ya de vivir atemorizados, de vivir atormentados. Basta ya de ser las piedras frente a las murallas, la leña frente al fuego. Porque, al igual que estos dos elementos, formamos parte de ese gran todo y, en cuanto una pieza se sale, todo el sistema se derrumba. Seamos la piedra que cae, la leña que arde. Seamos grito y seamos puño, pues, con ello, lograremos la victoria, la vida que merecemos. ¡Próxima parada, la libertad!
            Se abrió un halo de esperanza en los corazones de los animales, quienes, por fin, atisbaron una posibilidad de júbilo en sus vidas. Con ello, empezaron a quererse a sí mismos y entre ellos, a ver lo bonito que es la multiculturalidad y la diversidad de cuerpos, políticas y mentalidades, a entender que resignarse y darse por vencido nunca será el final. Los animales del condado se hicieron fuertes y poderosos, y consiguieron empequeñecer el ego y la superioridad de los leones, hasta tal punto que su poder ya no ejercía influencia alguna. Los animales eran almas libres, individuos con una fuerte autonomía. Y fueron dichosos, pudiendo disfrutar de su esencia divina, de su emancipada vida. Felices, pero no comieron perdices, ¡que ellas también tienen derecho a gozar de su juventud!

            Y ahora, niños, diréis… ¿cuál es la moraleja? Bien, pues aquí está: la diversidad de culturas, identidades y personalidades es algo rico y enriquecedor que debemos cuidar y salvaguardar, pero no temer. Todos somos iguales, hablemos de animales en este caso, personas blancas, negras, de cualquier otra etnia, mujeres, hombres, transexuales, homosexuales…, pues todos los seres vivos sentimos, amamos y vivimos por igual. Respétate a ti mismo y respeta a tu entorno, pero, sobre todo, respeta a aquel que tienes al lado, pues es un igual a ti. Y, ya que hemos aprendido lo bien que les fue a los animales… ¿qué tal si nosotros, las personas, imitamos su acción y nos liberamos de las cadenas que nos apresan, que nos oprimen, pero que, irónicamente, creamos nosotros mismos?