Érase una vez, y mentira no es, que en países
remotos y lejanos, vivían los animales en comunidad y unidad. Sus territorios
se distribuían por condados asentados sobre verdes llanuras, encrespadas (y, a
veces, nevadas) montañas y ríos cristalinos, los cuales abastecían a la
población de suficiente alimento. Poseían un avanzado sistema económico basado
en la producción por sectores, según la habilidad especial de cada especie
animal: las jirafas se ocupaban de divisar por encima de las copas de los
árboles qué ocurría más allá del claro, así como de coger frutos de las cimas; los
elefantes, los animales más sabios, formaban el sector más cultural del
condado, aconsejaban a cualquier animal, le mostraban qué debía hacer en determinadas situaciones, guiándoles
hacia el buen camino; los guacamayos, aves de lustroso plumaje y muy
parlanchinas, eran los encargados de recibir, enviar y transmitir mensajes de
un sitio a otro, sobrevolando los páramos y paisajes que fuesen necesarios para
ello; los erizos, curiosos y pequeños mamíferos de afiladas púas, excavaban
rutas, creaban refugios y almacenes bajo tierra gracias a su increíble fuerza
craneal, y, debido a su capacidad de encorvarse y hacerse bolas, ¡muchos animales
jugaban con ellos como si de un balón se tratasen!; los carlinos, perros de
nariz achatada y cola retorcida, eran los bufones del condado: realizaban
espectáculos y hacían reír a todos los animales del lugar con sus disfraces,
trucos y piruetas, sin olvidarnos de sus extravagantes gestos; las focas se
encargaban de todo asunto marino que hubiese pendiente, ya fuera capturar
pececillos para el alimento de algunos animales carnívoros, buscar perlas para
crear collares que posteriormente usasen damas de alto prestigio… (Como las
señoras avestruces, que, por cierto, últimamente tienen muy mal humor); los
amigables castores, muy necesarios en el proceso productivo gracias a su
trabajo con la madera, su fuerte cola y sus dientes capaces de modelar figuras
de cualquier tipo; y, por supuesto, sin olvidar a los temidos y fieros leones,
tan importantes que, sin ellos, el gran logrado sistema existente hasta ahora
no funcionaría. O eso les hacían creer.
Cada especie animal tenía un representante que intervenía
con el resto de oficiales, pues, como se ha mencionado antes, los animales
tenían una organización tan eficiente que ya quisieran los humanos. Así, estaba
la conocida jirafa Samanta, a veces un poco ignorante e inocente, pero tan
honesta y generosa que era imposible no sentir afecto por ella; el elefante
Benito, viejo bonachón de risa grave y monótona, era como un abuelo para todos
los chiquillos que por el prado correteaban (aunque, como todos los elefantes
de edad avanzada, era un poco cascarrabias); el guacamayo Malayo, ¡ten cuidado
de no cruzártele cuando tengas prisas!, porque habla por los codos… digo, por
las alas; la eriza Trufa, algo tímida, pero cuando la conoces, su dulzura te
embriaga con el más suave aroma y te acompaña para siempre; el carlino Yoda, un
tanto bipolar, pues pasa del humor al llanto en cuestión de segundos… pero no hay
mejor animal con el que echarte unas risas; la foca Lola, inteligente y
sociable como ella sola, pero muy, muy, muy despistada; el castor Paco, el más
glotón del condado, pero era sorprendentemente el más fuerte y fornido de los
de su especie.
Todos estos animales tenían algo en común: sentían
un frío y audaz miedo por los leones, sobre todo por Mumford, el jefe de la
camada. Y, por ello, les obedecían en todo lo que ellos decían, hacían e
imitaban lo que el resto ejecutaba, pues así estaba decidido. Eran esclavos de
la ley, obreros del sistema. Incluso se podría decir que era una dictadura,
como se conoce entre la sociedad humana.
Todo esto estaba fundamentado en la opresión que
hacían los leones, un grupo numeroso, frente al resto de animales del condado,
grupo mayor si cabe, pero que no ostentaba el poder. Su origen estaba en que
los leones, al ser fuertes, valientes y temidos, habían tomado la iniciativa de
someter al conjunto de especies y perpetuar esta tragedia a través de la
discriminación hacia estas criaturas por sus condiciones físicas, laborales, de
género, de orientación sexual… todo aquello a lo que eran contrarios los
malévolos leones. Por ello, todos los animales sufrían algún tipo de acoso: el
carlino Yoda, por su ausencia de belleza debido a que no seguía los cánones de
belleza establecidos (consistentes en hocico delineado y afilado, sin arrugas,
justo lo contrario a él), era sometido a constantes burlas y chistes, y no
exactamente por su oficio, que era bufón; la jirafa Samanta, o más bien Sam,
pues quería hacerse un cambio de sexo al sentirse chico, es decir, del género
opuesto (transexual, por si andabais perdidos); el elefante Benito, demasiado
viejo para ser de utilidad, a
veces se quedaba sin asiento en el gran carro que le llevaba de un lugar a
otro, ya que los jóvenes leones no le cedían sitio, gritando “¡Váyase a su
casa, elefante, que aquí no hay sitio para animales como usted!”; el guacamayo
Malayo, de demasiados colores, y es que, según los leones, los animales válidos
eran aquellos que sólo lucían un único color, recibía insultos del estilo “maldito pájaro
multicolor”, “¡ojalá se vuelva a su selva!”, “sus plumas me repugnan”; la eriza
Trufa, despreciada por su condición de hembra, y es que la opinión de los
leones era que todas aquellas féminas debían ocuparse de las tareas del hogar y
de cuidar de sus parejas (algo entendido en el mundo humano como “sumisas”,
aunque por el mundo animal la palabra no era muy conocida), era discriminada en
temas laborales y sociales, de tantos modos y formas que la lista sería
interminable; la foca Lola, con un sobrepeso mayor a lo acostumbrado, se sentía
menospreciada de tal forma que su cuerpo la limitaba hasta para encontrar
trabajo o hacer amigos, y escuchaba, no voluntariamente, comentarios obscenos
sobre su figura; el castor Paco, acerca del cual se rumoreaba que sentía
atracción por los castores y no por las castoras (lo que nosotros conocemos
como homosexual), y eso era algo humillante e intolerable para los leones. Como
veréis, todos los animales sufrían de una forma u otra, tan solo por su
naturaleza, por lo que el destino les brindó sin ellos decidirlo o merecerlo.
(¿Os suena?)
Esta opresión era palpable en el día a día de los
animales, aunque a veces estaba tan invisibilizada y escondida que ni ellos
mismos caían en la cuenta, a pesar de sentirse terriblemente incómodos. Sus
vidas se cernían sobre una bóveda gris y húmeda, como las mañanas en las que el
cielo encapotado no te deja ver tu futuro próximo, el más allá. Parecía que su
día a día sería igual de monótono, igual de asfixiante. Pero se equivocaban.
Las voces descarriadas, los gritos en voz baja, las
súplicas de auxilio con la mirada requerían de un líder, alguien que les guiase
hacia la luz y la claridad que supondría el romper las cadenas que les ataban a
los leones, pues los animales por su cuenta no tenían la suficiente fuerza ni
motivación para mover el mundo. Y allí estaba el elefante Benito, cultivado en
mil batallas, preparado para ocasiones como esta, donde tenía que sacar todo su
potencial comunicativo y convincente, exhibir su ya formada experiencia y
demostrar su habilidad para dirigir a las masas hacia una causa justa como era
su propia libertad. Para ello, reunió a todos los dirigentes de cada familia
animal, y les convocó en un pequeño claro que se abría paso en el espeso bosque
del condado, suficientemente accesible para todos los miembros pero lejos del
oído felino, pues era de vital importancia que los gatitos feroces no vislumbrasen
ni un atisbo del plan maquinado por don Benito. Y así, como cuando nosotros,
los humanos, esperamos expectantes ante noticias que, sin saber de qué se
tratan, sospechamos que darán un giro rotundo a nuestras vidas, los animales
comenzaron a escuchar el breve, pero impactante arenga de Benito:
-Animales de nuestro compartido condado, fieles
amigos, bienvenidos. Os reúno aquí por un tema que no puede seguir ocultado,
escondido, por un asunto que nos incumbe y nos reclama a ser resuelto. Los
leones, aquellos seres inmundos y ruines, los que nos quitaron cuanto teníamos,
siguen despreciándonos y tratándonos como miseria. Y esto no puede seguir así.
Somos un grupo mucho mayor al suyo, con una diversidad variopinta que nos
enriquece y fomenta nuestra fortaleza, y no nos vamos a hacer pequeños ante
ellos cuando realmente somos los más grandes. Basta ya de vivir atemorizados,
de vivir atormentados. Basta ya de ser las piedras frente a las murallas, la
leña frente al fuego. Porque, al igual que estos dos elementos, formamos parte
de ese gran todo y, en cuanto una pieza se sale, todo el sistema se derrumba.
Seamos la piedra que cae, la leña que arde. Seamos grito y seamos puño, pues,
con ello, lograremos la victoria, la vida que merecemos. ¡Próxima parada, la libertad!
Se
abrió un halo de esperanza en los corazones de los animales, quienes, por fin,
atisbaron una posibilidad de júbilo en sus vidas. Con ello, empezaron a
quererse a sí mismos y entre ellos, a ver lo bonito que es la multiculturalidad
y la diversidad de cuerpos, políticas y mentalidades, a entender que resignarse
y darse por vencido nunca será el final. Los animales del condado se hicieron
fuertes y poderosos, y consiguieron empequeñecer el ego y la superioridad de
los leones, hasta tal punto que su poder ya no ejercía influencia alguna. Los
animales eran almas libres, individuos con una fuerte autonomía. Y fueron
dichosos, pudiendo disfrutar de su esencia divina, de su emancipada vida. Felices,
pero no comieron perdices, ¡que ellas también tienen derecho a gozar de su
juventud!
Y
ahora, niños, diréis… ¿cuál es la moraleja? Bien, pues aquí está: la diversidad
de culturas, identidades y personalidades es algo rico y enriquecedor que
debemos cuidar y salvaguardar, pero no temer. Todos somos iguales, hablemos de
animales en este caso, personas blancas, negras, de cualquier otra etnia,
mujeres, hombres, transexuales, homosexuales…, pues todos los seres vivos
sentimos, amamos y vivimos por igual. Respétate a ti mismo y respeta a tu
entorno, pero, sobre todo, respeta a aquel que tienes al lado, pues es un igual
a ti. Y, ya que hemos aprendido lo bien que les fue a los animales… ¿qué tal si
nosotros, las personas, imitamos su acción y nos liberamos de las cadenas que
nos apresan, que nos oprimen, pero que, irónicamente, creamos nosotros mismos?
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