martes, 8 de septiembre de 2015

Páginas.

Las personas tenemos el poder de influir en otras, de marcar, de dejar huella. La mayoría de individuos que pasan a lo largo de tu vida ni siquiera dejan un recuerdo digno de recordar, una anécdota, alegre o triste; la mayoría son páginas de un libro roto, las cuales se pasan sin prestar mucha atención. Sin embargo, siempre habrá páginas que te hagan parar un instante, que te hagan observarlas con más detenimiento, que consigan robarte un poco, o mucho, de tu tiempo. Esas páginas te interesan, ya sea por su color, su forma, el tamaño de la letra, su olor, su contenido, las sensaciones que experimentas. Esas páginas dejan de ser una página más, para ser las páginas. Esas páginas harán que cambies. Esas páginas se te clavan en diminutos pedazos, y nunca más podrás despegarlos del todo.

Tú eres la página que más me ha marcado jamás, y sé con certeza que será imposible olvidarme de todos esos mensajes que tenías en tu interior.

Lamentablemente, no todas las palabras son agradables. Algunas van con rencor, con rabia, y hacen daño. No sabía lo que era el verdadero dolor emocional hasta esta última semana. Algo en mí ha cambiado, tal vez mi concepción de cuánto influía esa página desmigajada en mí, de mi concepción de ella, de lo importante que es para mí. Me he dado cuenta de que ha pasado tanto tiempo, de que he vivido tanto y he compartido más con esta nueva inquilina, que es parte de mí. Una de las más importantes. Y cuando una parte de ti se rompe, como ha ocurrido esta semana, no vuelves a ser la misma. Es lógico, ¿no? Las páginas parecen indefensas por ser ingrávidas, leves, suaves. Pero a veces cortan, hacen heridas profundas y dolorosas, a veces hieren. Y no sé si seré capaz de volver a juntar todos los pedazos otra vez.

Me acostumbré a tenerla siempre conmigo, a confiarle lo más íntimo de mí, algo que me aterraba desde el principio. Y fui feliz, y amé, y bailé, e hice el amor, y canté tan alto que pensé que mis pulmones saldrían de mi boca para llevarme arriba, alto, en forma de globos. Y fallé. Y me fallaste. Y ahí es cuando el mensaje de la página cambia, se hace grande, devorando lo que soy, lo que era, para acabar destrozándome. Las páginas son tan peligrosas como preciosas que asusta la fina línea entre la felicidad y la destrucción.

Las páginas son páginas, y no duran eternamente. Algunas van y vienen, siendo intermitentes en tu vida; pero prácticamente todas se acaban yendo en algún momento. Me pregunto si nuestro momento ha llegado ya, si es hora de que marches, u hora de que yo te libere. Tan sólo la idea de perderte, de dejar una parte de mí para reconstruir una nueva, me rompe. Quiero pensar en un futuro feliz, próspero, donde podamos complementarnos y seguir compartiendo nuestra vida. Pero es difícil, y arde. Arde como la pólvora. Sé que nunca volvería a ser la misma, que tendría que romperme en mil pedazos para recuperar algo parecido a lo que algún día fui. Sé que pase lo que pase dolerá, pero sé que dolerá más sin ti.  Tengo miedo de lo desconocido, de la soledad, de la oscuridad. Tengo miedo
de perderte, porque perderte es perderme después.

Quiero creer que soy fuerte, y que podré con ello. Quiero creer que me quieres, de verdad que quiero. Pero no es fácil creer en la utopía si ni siquiera creo en mí misma.

Sólo creo en el dolor, lo único real que siento ahora.

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