“Es
increíble cómo el simple, pero a la vez tan complejo fenómeno de la muerte,
puede arrasar con todo. Cómo puede llevarse a alguien que sentías tan cercano,
tan humano. Cómo puede desaparecer de alguien cualquier rastro de vida, de
aliento, de alma. Cómo al desvanecerse un cuerpo, se desvanecen con él sus
pensamientos, sus ideas, sus sentimientos. Sus recuerdos. Sus heridas, y no
exactamente físicas. Sus logros, y no exactamente en forma de trofeos. Es
increíble cómo la vida es tan efímera, y la muerte, tan invencible. También es
increíble cómo le tememos tanto a la muerte y cómo a veces nos jugamos tanto la
vida que la rozamos con la punta de los dedos. Es increíble cómo la marcha de
alguien puede destrozar tanto a sus seres queridos que, incluso, llegan a
desear haber muerto antes ellos que dicha persona, y, en cambio, sienten cómo
muere su interior, poco a poco, sin pausa. Es increíble cómo necesitamos ese
abrazo que antes rechazamos, ese beso que antes asqueamos, esa caricia que antes despreciamos, ese acto que antes
criticamos. Y que ahora tanto arrepentimos. Es increíble lo importantes que nos
sentimos vivos, pero lo innecesaria que es nuestra vida para los demás, y lo
poco que marcará a la humanidad. Es increíble que nos sintamos dioses, capaces
de superar cualquier meta, cualquier desafío, pero a la vez seamos tan
vulnerables. Es increíble cómo logramos sentir tanto, querer tanto a alguien
hasta que duela, y al acabar tu vida, todo ese sentimiento se quede tan solo en
el recuerdo de alguien, o ni siquiera. Y no eres consciente de que has sufrido
y luchado tanto durante tu vida para que luego, en cuestión de segundos, todo
desaparezca y solo haya servido para seguir viviendo, seguir resistiendo.
Muchas veces pienso que la vida solo existe para que alguien juegue con
nosotros, vea cómo enloquecemos, cómo lamentamos. Cómo perdemos. Y es que, al
fin y al cabo, todo el mundo pierde. Todo el mundo muere. La muerte es el único
acontecimiento irreparable, sin solución.”
Acabó el relato, y con ello
comenzó el sollozo de Alice, igual que tras la tormenta viene la calma, igual
que el otoño da paso al invierno, hospedado en los rostros de los allí presentes,
paralizados por el dolor, el miedo. La pérdida. Aunque, tras escuchar las duras
palabras de la muchacha de aspecto gélido como el hielo, se atisbó un ligero
toque de sorpresa, e incluso curiosidad, en los gestos de los individuos. La
joven les desafió con la mirada, imponiendo sus palabras y dando la impresión
de querer congelarles a través de sus penetrantes ojos añiles. Tras mantener
fija la vista unos segundos más, donde se vislumbraba una chispa de dolor, se
dio la vuelta y se alejó por el caminito de grava que marcaba el camino de la
salida del lúgubre cementerio, cubierto de un espeso manto de nieve que hacía
más trágica y melancólica su huida, pero sin derrumbarse ni dejarse vencer por
su orgullo, reprimiendo las lágrimas como buenamente sabía y caminando con paso
firme, paso decidido. Tal y como hacía su abuelo; su difunto abuelo.
Realmente,
este hecho me vino muy mal. Me quedé entre los familiares y amigos de Mark, el recién fallecido, querido por todos
y envidiado por muchos; el abuelo de mi amiga. No conocía prácticamente a
nadie, debido a que la familia de Alice siempre ha sido muy reacia a las
visitas y sólo se relacionaban entre ellos. Seguramente, éste era el hecho por
el que los allegados estaban tan afectados, pero eso no viene al caso. Sólo
hice lo que creí que era conveniente, y fue esperar a que los parientes
calmasen un poco su dolor ahogándolo en gritos de desesperación, y lanzarles
miradas alentadoras y de consuelo, ya que hacer más me resultaba un poco entrometido.
Comencé a sentir frío en mis pies, ya que el frío helado del suelo penetraba
mis zapatos que, según mi madre, eran de cachemir, pero ambas sabemos que no es
así porque nos encontramos en una situación económica problemática; mi madre y
sus formas de no preocuparme. Recuerdo desear con fervor que todo aquello
acabase, que pudiese alejarme de aquel lugar atestado de muerte y desolación y
pudiese acudir a un remanso de paz, donde respirase aire puro, con olor a vida.
Sólo estaba allí por mi amiga, pero ahora que se había marchado, algo me
impedía huir como había hecho ella, y permanecer allí, con las víctimas del
fallecimiento. Por suerte para mi persona, me mantuve firme, dando apoyo y,
gracias a eso, mi forma de ver la vida y afrontarla cambió de una forma
radical.
Sé que no era una despedida
apropiada para un velatorio, ni una actuación y actitud dignas de la memoria de
su abuelo. Pero también sé que para Alice, su abuelo era el centro de su vida,
superior a sus padres, superior incluso a mí. Fiel amigo en las buenas, tierna
almohada en las malas. Era su punto fuerte, y a la vez, su punto débil. Y es
por eso por lo que nadie entendía aquella situación inesperada, aquel arrebato
de rabia y frustración. Y yo solo quería reencontrarme con mi amiga,
consolarla, encontrar la causa de todo ese revuelo.
En ese sentido, siempre he
tenido cierta envidia de mi amiga. Yo nunca he disfrutado de la presencia de un
abuelo como tal, aquel que va todas las tardes a buscarte al colegio; el que te
cuenta historias de su época, antiguas a la par que interesantes; el que te
dice todos los días lo guapa y mayor que estás, a pesar de que es de tus peores
días; el que te da más dinero del que debería, pero siempre lo arregla con un
“no se lo digas a tu madre”; el que te dice “ponte una rebequita que refresca”,
a pesar de que estemos en verano; el que te hace enormes pasteles para
merendar, y a la hora de comer, nunca es suficiente; el que se sacrifica en
cualquier ocasión para hacerte el más mínimo favor; el que se preocupa por ti
hasta la demencia, el que te quiere con locura. Incluso me atrevería a decir
que es ese el cual daría su vida por ti, por verte sonreír. El que recorrería
mar y aire para que su nieta fuese la niña más dichosa del mundo, porque a su
vez, él mismo compartiría dicho sentimiento. Una parte vital de tu vida,
esencial, sin la cual no puedes seguir adelante, por lo menos no con
normalidad. Yo, lamentablemente (o eso es lo que dicen), no disfruto ni he
disfrutado nunca de esta experiencia debido a que cuando nací, solo vivía una
de mis abuelas, si es que se la puede considerar así, porque más bien hace el
papel de parienta lejana. Aunque, aun así, no me arrepiento, debido a que no
añoro ningún tipo de acercamiento ni sentimiento de este tipo, ni tampoco lo
anhelo. Siempre me ha resultado absurdo querer a alguien, dar todo por esa
persona, ya que tarde o temprano te defraudará o se irá de tu vida, ya sea de
forma física o, como es en este caso, espiritual. Sufrimiento innecesario.
En esta parte de la trama,
tengo una pequeña laguna; no recuerdo cómo ni por qué, tan solo memorizo
encontrarme en casa de Alice, más concretamente en su habitación, sentadas en
el suelo, mirando a la nada. Sí, a la nada; Alice con la mirada perdida,
incapaz de expresarse o explicarse, y yo sin saber qué debería hacer.
Permanecimos allí un intervalo indeterminado de tiempo, el cual fue muy ambiguo
porque por mi cabeza se sucedían muchas cosas, pero a la vez ninguna. No sé
cómo sucedió, que de repente Alice se encontraba sentada en el borde de su
cama, observando un libro en su mesilla con curiosidad inusitada, más
curiosamente “El Código da Vinci”. Lo abrió con delicadeza, acariciando cada
una de sus páginas con mimo y mesura, cual cachorro indefenso, tratando de
ganarte su confianza. Sin previo aviso, se paró en una página de la mitad del
libro aproximadamente, comedida, y su rostro pasó de una ligera curiosidad a
una sorpresa notable. Sin más preámbulo, me dijo:
-Sígueme.
Y,
cogiéndome del brazo y sin tan siquiera esperar a que me levantase, me llevó al
salón, donde se encontraba una exuberante biblioteca. Buscando minuciosamente
entre todos aquellos libros, la muchacha adoptó un gesto de total dedicación y
concentración, mientras yo me hallaba en la más profunda de las confusiones.
Por fin encontró lo que tanto buscaba, y era un pequeño cuadernillo situado
entre dos libros verdaderamente extensos, disimulando su existencia. Lo abrió
con delicadeza, pero a la vez con decisión, y se enfrascó en la lectura, la
cual pude ver que estaba escrita a mano. Pasaron unos minutos, en los que pude
contemplar cómo el rostro de mi amiga tomaba distintas expresiones. Hasta que,
por último y soltando un suspiro, cerró el cuadernillo, me miró de una forma que todavía no soy capaz de
explicar, y me dio uno de esos abrazos que te dejan sin respiración y no sabes
muy bien si de alegría o de tristeza. Sosteniendo su tembloroso cuerpo, aumentó
aún más mi confusión, e intenté apartarla para poder mirarla a los ojos e
intentar descifrar un ápice de lo que estaba ocurriendo. Por suerte, al final
Alice se separó de mis brazos, y me entregó la libreta sin vacilar, terciando
que si lo leía, por fin comprendería. Y así fue.
Lamentablemente, no puedo
relatar qué contenía la libreta, porque es algo muy personal, y a la vez, tan
trascendental que no os dejaría dormir durante días. Solo puedo mencionar que,
efectivamente, la nota era del difunto abuelo de Alice y, gracias a aquel
escrito, mi vida cambió y recapacité. Descubrí qué es el amor verdadero, qué es
ofrecer tu vida a alguien, sin condiciones, requisitos ni intereses; un amor
puro y sincero, un amor que no se puede explicar con palabras. Entendí que amar
y ser amado es lo más bonito que te puede ocurrir nunca, que las personas, si
sabes buscarlas bien, pueden ser el mayor regalo. Y que, a pesar del dolor o de
la tormenta, el amor estará ahí para reparar los daños, devolverte lo que algún
día fue tuyo. Sin amor, no somos personas, y si no somos personas, simplemente
no vivimos. Todo esto lo supe gracias al sacrificio del abuelo de Alice, y
comprendí que, si verdaderamente existe un dios omnipotente y misericordioso,
se encuentra en el corazón de los abuelos.
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