‘Te echo de menos’. Algo escueto, pero claro, y más
si ha salido de los labios de alguien que tan pocas veces expresa sus
sentimientos, alguien que intenta aparentar ser de piedra. Y ahí, es cuando te
ilusionas. Piensas que a lo mejor le importas, sueñas con que,
sorprendentemente, pueda ser cierto. Empiezas a imaginar qué podría pasar si
llegara a ser verdad aquella frase simple, pero a la vez, con un sentimiento
tan complejo. E increíblemente, eres feliz, por mucho que vivas en tu pequeña
mentira. Porque es lo que más anhelabas, y lo sientes tan cerca que crees rozarlo
con la punta de los dedos. Pero no todos los sueños se cumplen, ni todas las
historias tienen un final dulce.
De
repente aparece alguien, de la nada, que empieza a robarle tiempo a tu persona
tan querida, consiguiendo que emplee mucha menos atención en ser consciente de
tu existencia. Y ahí es cuando toda tu ilusión se hace añicos, como un cristal
cayendo en picado, rompiéndose en diminutas virutas brillantes, pero a la vez,
punzantes. Y sientes cómo ese cristal hecho pedazos se habitúa dentro de ti,
clavándose cada partícula diminuta en tu pecho. Y es que te das cuenta de lo
ingenua que has sido.
‘Nunca
serás lo suficientemente guapa, ni lista, ni delgada. No eres ni serás lo
suficientemente buena para alguien tan superior como él’. Esa frase te
atormenta, te destruye. Te incapacita a seguir adelante. Y es que sabes que es
verdad, o por lo menos te lo acabas creyendo. Sabes que no eres nadie para
competir contra esa persona maravillosa que hace feliz al ser que tanto deseas.
Envidias a
la persona que es capaz de captar toda la atención de tu amado, y quieres poder
odiarla. Pero en el fondo, eres incapaz; la admiras. Por saber hacerle feliz
del modo en que tú no lo has hecho, por ser tan lista, tan guapa, tan delgada, cosa
que tú no eres. Por estar a su lado. Por aguantar cada caricia, cada mirada,
aunque no sepa valorarla de la manera en que tú lo harías. Y tu autoestima va
decayendo, inexorablemente, hasta desaparecer. Y empiezas a odiar a la persona
a la que antes deseabas tanto, por no quererte, por conseguir que acabes tan
hundida. Por jugar contigo, con tus sentimientos. Aunque muy en el fondo te es
imposible porque, curiosamente, quien te proporciona dolor es el mismo que te
proporciona un sentimiento de felicidad plena. Y empiezas a detestar que la
vida sea tan injusta, que te utilice como pieza de uno de sus juegos.
Necesitas
ser perfecta para él, necesitas ser alguien que esté hecho a su medida. Y
empiezas a obsesionarte, a volverte una enferma. No comes, haces el mayor
ejercicio que puedes, pensando que así llegarás a ser alguien a sus ojos. Pero
en realidad, cuando llegas a este punto, estás perdida.
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