sábado, 23 de febrero de 2013

Espectros del pasado 2.


Sin quererlo ni beberlo, nunca mejor dicho, mi mente viajó en los recónditos recuerdos que anhelaban ser descubiertos y desterrados de mi cerebro, guardados bajo llave durante tantos años para no sumirme en una incontrolable locura. Allí estaba ella, igual de guapa que ahora, pero con bastantes menos años encima y un brillo de inocencia en sus ojos. Tenía ese mismo pelo negro azabache, pero sujeto a dos graciosas trenzas que bailaban al compás del movimiento de su cuello. Vestía un vestido, como aquella noche, solo que éste resplandecía con un gran lazo azul en la cadera y estaba repleto de flores de distintos tonos de azul, resaltando su mirada traviesa y humilde. Balanceándose una y otra vez en aquel columpio de un parque del que no quiero acordarme, yo la observaba, oculto tras una disposición de arbustos que se encontraban fuera del área de juego, pero que me otorgaban una total visión de aquella desdichada niña y un gran escondite para sus ojos. No la conocía, no hasta escasos minutos. Pero de una forma que no podía explicar, me abrumaba, me obligaba a permanecer allí sin dar señales de mi existencia. Y mi mente, en aquella época infantil y poco informada, volaba por encima de mi ser, como si dejase paso a mi cuerpo para que actuase solo, sin su ayuda. Pero, obviamente, no hice nada. Era incapaz, no era dueño de mi aparato locomotor. Y allí seguí, durante minutos, u horas, observándola, feliz. Hasta que algo ajeno borró la deslumbrante sonrisa de su cara.

            La muchacha, que antes tenía la vista fija hacia el cielo, la dirigió hacia la izquierda, un tanto curiosa, pero a la vez, confusa. Frenó el columpio y posó los pies en el suelo para, o eso imaginé, pensar con claridad. Agucé el oído para intentar distinguir cualquier sonido que me condujese a adivinar qué sucedía, ya que desde mi situación no lograba divisar qué se encontraba a su izquierda. Nada; ni un murmullo. Decidido y movido por la curiosidad, salí levemente de mi escondrijo, y, para mi sorpresa, se encontraba un hombre de mediana edad, vestido de traje marrón oscuro, haciendo parecer que tenía más edad. Se ocultaba ligeramente detrás de un árbol robusto, aunque tampoco era muy necesario porque no había nadie en el parque a excepción de un par de ancianos en un banco un tanto alejados de nuestra posición, la niña y el hombre. Bueno, y yo. Pero eso no lo sabían.

            La niña, con paso cansino, se encaminó hacia ese extraño señor, que la esperaba con una mirada de ésas que ponen los adultos para tranquilizar a los niños. El hombre le dijo un par de cosas que no llegué a entender porque me encontraba lejos como para distinguir qué decía, pero por su gesto, hablaba pausadamente, y deduje que serían palabras amistosas, para calmar a la niña. La muchacha seguía con la mirada llena de miedo y duda, hasta que el hombre le ofreció un caramelo, y toda ella se disipó dando lugar a una sonrisa tímida. Imaginé que el hombre debió asegurarle más caramelos o qué sé yo a la niña, porque en seguida le tomó la mano y se marcharon juntos por el sendero del parque. De repente, como por arte de magia o por obra de Dios, tomé control de mi cuerpo y me levanté de un salto para seguir a aquella niña, no sin seguir ocultándome. Creyéndome un súper espía, cosa que me resultó muy divertida debido a la edad en la que vivía, me iba camuflando entre la distinta vegetación silvestre que se hallaba en ese parque, no sin perder la vista del rumbo que tomaban mis dos objetivos. Caminaron durante no más de quince minutos, y se pararon en una especie de explanada que quedaba cerrada por unas verjas viejas y oxidadas, que daban paso a bosque. No había ni un alma vagando por aquel recóndito paraje. Me acomodé tras un abeto repleto de musgo, que hacía que no se me viese en absoluto. Y  desde allí, divisando todo acto de la pareja, se podría decir que me traumaticé. Fui víctima de observar toda clase de maltratos, golpes, humillaciones, hacia aquella pequeña e inocente cría. Fui espectador de fotografías que no debieron ser tomadas, palabras que no debieron ser dichas. No entendía muy bien qué ocurría. Y lo peor es que no fui capaz de hacer nada. Ni correr como buenamente pudiese a pedir ayuda, ni enfrentarme a aquel villano para intentar salvar a la niña. Nada. No hice nada. Y me arrepiento de ser tan inútil, tan débil. Inexorablemente, vi cómo moría esa niña en brazos de aquel ruin hombre, con un trágico final que podría haber sido evitado. Vi cómo se desvanecía su cuerpo marchito en el suelo, delicadamente, absorbiendo todo rastro de vida. Vi cómo ese cuerpo se consumía, sin alma, sin aliento, sin pena. Y vi cómo giraba la cabeza en su último suspiro, y su mirada se clavaba en la mía. Lo vi. Yo fui lo último que esa niña vio. Por lo menos mientras seguía con vida.

            Y allí me quedé durante mucho o poco tiempo. Petrificado. Sin ser realmente consciente de qué había sucedido, de dónde estaba, de quién era. Y a partir de ese momento, mi mente olvidó. Camufló todo ese recuerdo, toda esa pequeña historia para protegerme de la locura, del sentimiento de culpa, y poder seguir viviendo. Pero ahora que lo sé, también sé que no debería haber sido así. Que tendría que haber pagado por no salvarla, por haberme rebajado al nivel del hombre. Por no haber ido en busca durante todos estos años de ese asqueroso asesino.
           
            Mi mirada buscó incesantemente la mirada de la chica del local, casualmente, la misma mirada de aquella niña de años atrás. Pero no la encontré. Me volví loco, preguntando a todo el mundo en el bar, acechando cada puerta de salas privadas, cada baño, cada planta. Pero nada. Me desbordé en la primera esquina que divisé, y caí, debatido, hundido. Mi segunda oportunidad desaprovechada. No podría seguir viviendo con esta culpa… no podría.

            Levanté levemente la mirada, nublada por las lágrimas. Y pude distinguir el rastro de un vestido rojo que me resultaba muy familiar.
            Fijé la vista al frente, con la esperanza de que estuviera. Pero no estaba; había desaparecido, y con ella, mi vida. 

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